jueves, 1 de julio de 2010

La Ciencia política en Europa y América Latina: una visión integral

LA CIENCIA POLÍTICA EN EUROPA:
 
En la década del cuarenta, las universidades europeas y de otras latitudes seguirán el camino trazado en la ciencia política por las universidades norteamericanas. En Francia, se extiende nacionalmente la antigua Escuela Libre de Ciencia Política, dividida en dos instituciones: la Fundación Nacional de Ciencias Políticas y el Instituto de Estudios Políticos de París.

Ambas darán un gran impulso a la investigación en Ciencia Política, ávida de preguntas después del aislamiento en el período de la segunda guerra mundial. Si bien bajo una actitud crítica, no es menos cierto que su relación con el mundo académico norteamericano servirá para desarrollar la Ciencia Política francesa. Con la renovación de las Facultades de Derecho se introducen cursos de Ciencia Política, para después otorgar la licenciatura y el doctorado. Sus trabajos más importantes se desarrollarán en los temas de elecciones y partidos políticos.
 
En Gran Bretaña, si bien la Ciencia Política se desarrolla alrededor del Nuffield College de Oxford y el London School of Economics and Political Science, la mayor parte de las universidades incursionan en esta disciplina. Producto de este avance es que a inicios de la década del 50, los profesores de política forman la Asociación de Estudios Políticos del Reino Unido y publicarán la revista Political Studies. Si en el mundo anglosajón Canadá, Australia y Nueva Zelandia, son influenciadas por el mundo académico inglés y norteamericano, Bélgica es influenciada por los franceses, particularmente en el tema de materia electoral.
 
En Alemania, la ausencia de varios de sus mejores profesores, que se refugiaron en Estados Unidos, mermó la labor académica de la Ciencia Política. La relación preferente con este país después de la segunda guerra mundial, permitió la ayuda económica de fundaciones norteamericanas, como en ningún otro país europeo. Alemania se encontraba en medio camino entre el positivismo y la tradición enfocada en el análisis del Estado. A ello se agrega el papel cumplido en la investigación científica, particularmente en Berlín y Heidelberg.
 
Por su parte, en España, en 1944, se forma la primera Facultad de Ciencias Políticas y Económicas, en la Universidad de Madrid, que se rebautizará como Facultad de Ciencias Política y Sociología, en la Universidad Complutense de Madrid. En Italia, en el mismo período, pese a ilustres antepasados que van desde Maquiavelo pasando por Pareto, Mosca, Crocce hasta Gramsci, la influencia del fascismo estancó la Ciencia Política. Otro es el caso de los países de Europa del Este, en donde el stalinismo convirtió a la Ciencia Política en una estéril escolástica para la justificación del papel del Estado policíaco.
 
A fines de los 40, la Unesco decide apoyar el desarrollo de la disciplina académica. Para ello, solicitó a un grupo destacado de investigadores que delimiten el objeto de la Ciencia Política. Uno de los acuerdos fue de orden temático, incluyendo los siguientes grandes campos de estudio: teoría política, instituciones políticas, partidos, grupos y opinión pública y relaciones internacionales.
 
El mismo organismo internacional jugó un papel importante en la creación, en 1949, de la Asociación Internacional de Ciencia Política (IPSA) que permitió el contacto de investigadores del mundo y ejerciendo, de esta manera, una gran influencia en el renacimiento de la Ciencia Política en Europa. Este desarrollo contribuyó a que a partir de mediados de la década del 50, la Ciencia Política americana se distanciara algo del empirismo marcado en la búsqueda de teorías generales, mientras que la europea aspiraba a tomar contacto con los hechos, para no abrazar sólo las ideas generales. Esto permitió una mayor relación entre aquellos mundos académicos, a los que se fueron incorporando lentamente otros, como el latinoamericano.
 
LA CIENCIA POLÍTICA EN LATINOAMÉRICA:

1. Cuestiones Preliminares:

A principios de la década de los años 70’s del siglo XX, Octavio Ianni, uno de los más reputados intelectuales brasileños, a propósito de una amplia reflexión sobre las ciencias sociales en América Latina escribía:
 
“Si es verdad que existe reciprocidad entre pensamiento científico y configuraciones sociales de vida, éste principio es especialmente válido para las ciencias sociales. En particular es verdadero para la sociología, la economía política y la ciencia política. Sea cuanto a problemática o como referencia a la visión del mundo subyacente en las contribuciones de tales disciplinas, en éste o cualquier otro país, es obvio que existe siempre cierta correspondencia entre pensamiento sociológico, por ejemplo, y las condiciones de existencia social” (Ianni, 1971:7)
 
Para muchos no pasaría desapercibido que es una perspectiva marxista fuertemente vigente en aquellos años, compartida por varios otros intelectuales pero ciertamente inequívoca y vigente todavía si se quiere entender el desenvolvimiento de las ciencias sociales en la región. Siguiendo a Ianni (1971:85 y ss.) una cuestión central de las ciencias sociales es su dinámica con las historia; dependiendo la perspectiva teórica en que se colocan los científicos sociales es la manera en la cual se les presentan las transformaciones de la sociedad, sea que interese la estabilidad o el cambio, el diálogo con la historia es siempre necesario. Aún cuando el científico social esté totalmente identificado con el presente la historia siempre es una coordenada básica de sus reflexiones.
 
De acuerdo con Thomas S. Kuhn (1974), al hacer historia de una ciencia se puede optar por llevar a cabo una historia interna, analizando los manuales, libros y revistas teniendo un amplio dominio sobre ella y de las tradiciones que preceden a los descubrimientos y análisis contemporáneos. Implica observar el desarrollo de la sucesión de los paradigmas dominantes a su interior (Kuhn, 1962) o la competencia entre ellos (Lákatos, 1970). La otra vía es la historia externa –a la manera de la historiografía- que implica situar los desarrollos científicos en el contexto cultural para así comprender mejor sus resultados e implicaciones.
 
En el caso de la Ciencia Política (CP), en los pocos estudios más conocidos, se ha se optado regularmente por la historia interna y menos por vías externas o eclécticas.
 
El interés en los últimos años por la historia de la disciplina es notorio por la aparición de obras en las cuales algunos de los padres fundadores de la CP moderna y otros, autores de las más representativas perspectivas de análisis de la misma hacen una revisión profunda de ésta a partir de sus experiencias personales en la docencia y en la investigación: European Comparative Politics, The story of a profession (Hans Daadler, 1999), Passion Craft and Method in Comparative Politics (Munck y Snyder, 2007) y Maestri della Scienza Politica (Campus y Pasquino, 2006). Si estamos de acuerdo en que la CP la definen quienes la practican (Stoker, 1997:19), la importancia de dichos textos radica en que repasan en voz de los fundadores el estado del arte de la disciplina y las perspectivas a futuro. Una obra que merece atención por su amplitud y erudición es la Storia della Scienza Politica de Giorgio Sola (1996) que recorre el devenir de la disciplina internamente, a través de los diversos paradigmas que han prevalecido a lo largo de su relativa corta vida entendida como ciencia empírica (es decir, de los años 50’s del siglo XX en adelante). El interés en hacer una retrospectiva de la CP está, como señala Morlino (2000), impulsado en parte por el fin de un siglo y el inicio de otro que obliga a la reflexión sobre el hacer, pero también por la necesaria pregunta que implícitamente se hacen los científicos sobre su propia disciplina: ¿Dónde estamos y hacia dónde vamos?
 
Las reflexiones sobre la CP en América Latina (AL) han tenido como punto de partida, implícita o explícitamente, una concepción amplia o estricta de la misma. Como ha señalado Norberto Bobbio (1997:218), la CP en sentido amplio “denota cualquier estudio de los fenómenos y las estructuras políticas conducidas con sistematicidad y rigor”, de allí que para algunos abarque todas las formas de pensamiento político desde la antigüedad hasta nuestros días. Mientras que el sentido estricto “designa a la ciencia empírica de la política, conducida según la metodología de la ciencia empírica más desarrollada como es el caso de la física, la biología, etc.”; coincide con la idea de CP dominante en la actualidad, se circunscribe propiamente a una concepción de análisis empírico de los fenómenos políticos con el apoyo de diversas técnicas de análisis y en más recientemente con avanzados programas estadísticos en computadoras.
No es fácil señalar un momento fundacional de la CP latinoamericana -en sentido estricto-, pero desde que ésta empezó a diseminarse por los centros de estudio y universidades de la región a partir del fin de la II Guerra Mundial, ha compartido los dilemas y cuestionamientos que al interior de ella se han presentado a nivel mundial, pero con tres características singulares:
 
a) A nivel estructural, un grado de institucionalización desigual. Los criterios de institucionalización de la disciplina se pueden observar a partir de: (i)institutos y facultades dedicados a la docencia e investigación; (ii) el otorgamiento de títulos de pregrado (Licenciatura) y grado (Maestría y Doctorado); (iii)asociaciones o gremios de politólogos y número de asociados; (iv) revistas especializadas; y (v) congresos relativos a la disciplina y su periodicidad. Mientras en algunos países la CP tuvo espacios específicos –escuelas, institutos o facultades universitarias- ya desde los años cincuenta para acoger a una comunidad dedicada a ésta –como en inicialmente en México, luego en Brasil, Chile, Argentina y Uruguay- en otros fue hasta los ochenta del siglo XX.
 
b) En el plano intelectual, dos tendencias que se superponían o se combinaban: una que implicaba absorber las influencias externas (teorías y corrientes de pensamiento, modas intelectuales y metodologías), y otra que se dedicaba a crear escuelas internas o de pensamiento propio dadas las características tan diferentes de las problemáticas en América Latina.
 
c) En el ámbito de la profesión, los politólogos en AL han tenido tres vías de desarrollo: una académica (docencia e investigación), otra en el servicio público (nacional e internacional) y una más en los medios de comunicación. Dependiendo de cada país, la realidad ha afectado de diversas maneras, su magro desarrollo en comparación con EUA principalmente muestra que ante las carencias económicas que restringen las posibilidades de investigación, muchos politólogos latinoamericanos optan por desempeñarse en las diversas áreas de la administración pública con poca relación con el desarrollo de la disciplina misma. Muchos más se mantienen en la academia, pero buscan el impacto de sus opiniones en los medios de comunicación dónde generalmente son mucho más valorados y obtienen mayores recursos por dicha actividad.
 
Dado su tardío y desigual desarrollo la concepción de la CP como disciplina científica tuvo un largo proceso que implicó la búsqueda de su afirmación por un lado, y por otro de mostrar su relevancia frente a otras ciencias (cfr. Nun, 1967; Flores Olea, 1967; Kaplan, 1970; Fortín, 1971; Meyer y Camacho, 1979; Aguirre Lanari, 1979). En la actualidad, el elevado grado de institucionalización que ha adquirido, sobre todo en las últimas décadas, ha impulsado la aparición una serie de reflexiones (o ‘auto reflexiones’) que miran el pasado y presente de la disciplina en América Latina (Cansino, 1998; Leal Buitrago, 1994; Altman,
 
et. al. 2005; Nohlen, 2007) constatando sus fortalezas que le permiten autoafirmarse como ciencia social y los lastres que todavía llevan a algunos a dudar de su cientificidad. Por ello, se puede decir, siguiendo a Bobbio, que la historia de la CP, y en específico, la que se desarrolla en AL, ha sido el camino de la concepción de una CP amplia (como se concebía en sus inicios) hacia una CP estricta (como se concibe preeminentemente en la actualidad).
 
En el presente trabajo, a efectos de dilucidar más sobre la ciencia política, se sigue una vía eclética, se trata, más de apuntes para una historia intelectual (o interna) y estructural (externa) de la disciplina en la región, son notas dentro de lo que se puede considerar “sociología de la ciencia política” en AL.
 
Siguiendo a Octavio Ianni antes citado, podemos decir inicialmente que se puede pensar la CP en América Latina a partir de dos ejes:
 
a) Que ésta refleja el estado de la sociedad en la que se desarrolla, y
b) Que la historia –así sea todavía breve- de la ciencia política en AL refleja la postura que asume ante su presente y/o sus contemporáneos.

2. DEMOCRACIA Y CIENCIA POLÍTICA EN AMÉRICA LATINA

Un análisis profundo de las ideas políticas que dieron origen a la democracia moderna (liberal representativa) nos mostraría que existe una relación entre ésta y el desarrollo de lo que hoy consideramos CP. Allí dónde había (o hay) interés en crear o transitar a la democracia, ó dónde ésta es fuerte, el interés por el estudio científico de los fenómenos políticos es muy difundido. Como señaló Samuel Huntington (1992:132) el nacimiento de una república y el desarrollo de una democracia hacen surgir a la CP y a los politólogos: “dónde la democracia es fuerte la ciencia política también lo es; dónde la democracia es débil la ciencia política es débil” . Dicha perspectiva es compartida en AL, y dados los procesos tardíos de democratización, el desarrollo de la CP tuvo ciertos desfases respecto de Europa y Estados Unidos.
 
Para proceder se propone analizar sucintamente el proceso de institucionalización y desarrollo intelectual de la disciplina diferenciando tres periodos en los cuales se identifican las corrientes dominantes en el estudio de la política: (i) jurídico-institucionalista; (ii) sociológica –estructural funcionalista y marxismo-; y (iii) pluralista o politológica en sentido estricto. No se debe entender las corrientes dominantes identificadas en éstos periodos como las únicas. En cada uno de éstos periodos conviven otras corrientes o escuelas de
 
origen europeo o estadounidense como el estructural-funcionalismo al inicio y el conductismo después, así como en la actualidad no se puede afirmar que el paradigma pluralista sea el único, pues hay otras tendencias como el rational choice, el llamado neoinstitucionalismo en sus diversas corrientes, el análisis estadístico, así como las perspectivas histórico-sociológicas.

2.1 PERIODO JURÍDICO-INSTITUCIONALISTA
 
Sobre éste primer periodo es difícil identificar sus inicios pero es anterior a los años sesenta y que coincide con la afirmación de la CP de corte empiriscista sobre todo en Estados Unidos y Europa gracias a la denominada revolución behaviorista (o conductista), con la diferencia de que en AL en dicho periodo dominan los estudios del tipo jurídicoinstitucionalista (o legalista), es decir, lo que para algunos sería el institucionalismo clásico, el constitucionalismo, el estudio de las normas y leyes, y la Teoría del Estado como perspectiva dominante. En síntesis, una CP anclada en el formalismo jurídico (Fortín, 1971:1) y como consecuencia, enseñada en las aulas de las Facultades de Derecho o Jurisprudencia, y sólo en algunos países en escuelas o facultades propiamente de ciencia política.
 
Inicialmente las ciencias sociales en AL cobran importancia entre las décadas de los años treinta y cincuenta del siglo XX en el contexto del modelo económico ISI y su agotamiento trae consigo también, según algunos, un declive en las ciencias sociales. Así, el desarrollo que tuvo la CP después de la Segunda Guerra Mundial en dichas regiones tuvo una influencia desigual en AL. Cada país adoptó la disciplina siguiendo dinámicas internas de las propias academias y universidades. Un elemento que para algunos parecería trivial pero que es indicativo de la forma en como se concibe la disciplina, es su propia denominación, que implica contenido y especificidad: ¿‘Ciencia política’ o ‘ciencias políticas’?. La primera alude a una ciencia autónoma, mientras que la segunda alude a un conjunto de disciplinas asociadas al estudio de fenómenos sociales que comparten una característica común, en el caso de las ciencias políticas es el estudio del poder. En AL ambas denominaciones se adoptaron indistintamente, para relacionar la disciplina con el estudio de la administración pública y las relaciones internacionales. Pero fueron el Derecho y la Sociología –y principalmente la primera- las que marcaron el origen de la CP en los países dónde ésta empezó a dar sus primeros pasos y que al mismo tiempo hicieron lento el proceso de autonomía y consolidación.
 
En México, si bien algunos juristas fueron los impulsores de la creación de una Facultad de Ciencias Políticas en la Universidad Nacional (UNAM) para la emancipación de los estudios políticos de las aulas del Derecho, durante muchas décadas y todavía hoy, los constitucionalistas incursionan fuertemente en las áreas del estudio politológico. El caso de México es significativo, porque en dicho país se había fundado ya en 1930 el Instituto de Investigaciones Sociales y posteriormente después de la II Guerra Mundial, a partir de las recomendaciones de la ONU para “crear instancias encargadas de formar a los ciudadanos que deberían representar a su país en foros internacionales y, también a quienes deberían crear y dirigir las nuevas instituciones que darían consistencia y fortaleza a las Estados jóvenes o en proceso de desarrollo” (Torres Mejía, 1990:150) se funda en 1951 la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales (hoy facultad) en la UNAM. Pero la dependencia hacia la disciplina del Derecho subsistió prácticamente durante varios años más en países como Venezuela, dónde en 1958 se funda el Instituto de Estudios Políticos (IEP) como parte de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas con una notable influencia del Derecho Constitucional en sus programas, situación que cambia en la década de los 70’s (Álvarez y Dahdah, 2005: 246-247). En Colombia todavía hasta finales de los años 60’s la ciencia política no se consideraba como una disciplina independiente (cfr. Sánchez David, 1994:15) y desde el punto de vista formal eran las facultades de Derecho las que otorgaban los títulos en la disciplina, con el apéndice “Ciencias políticas” y la enseñanza de la materia se limitaba en muchos casos al Derecho Constitucional. En Uruguay la primera cátedra de CP inicia en la facultad de Derecho de la Universidad de la República en 1957, y posteriormente se crea una más en la facultad de Economía, pero no se funda una institución propia de la disciplina hasta 1985 teniendo como origen la facultad de Derecho (Garcé, 2005: 233). Lo mismo sucedía en Perú dónde todavía hasta los años70’s el estudio de la política estaba en manos de abogados constitucionalistas dentro de las facultades de derecho y ciencias políticas por un lado, y por sociólogos e historiadores con una marcada formación marxista por otro (Tanaka, 2005:223).
 
De la misma forma en Argentina existía una tradición formalista de estudios políticos que se desarrollaba sobre todo en las facultades de derecho y sociología. Aguirre Alinari (1979:19) analizando algunos expositores del pensamiento y la acción política en Argentina en el siglo XIX (Mariano Moreno, Juan Bautista Alberdi, Bartolomé Mitre, Sarmiento, entre otros) afirma que la CP en dicha nación nació de la mano de los juristas y hombres de acción y que el legado continúa. Aguirre señala: “El análisis del pensamiento de algunos de
 
los más eminentes forjadores de nuestra nación […] se proyecta desde sus orígenes con el signo del Derecho”. Los cursos existentes sobre la materia tenían el objetivo de “arraigar las instituciones de la Constitución, bajo un marco positivista de confianza en la Razón”, es decir, una CP ‘formalista’ centrada en los marcos legales en los que se desenvuelve la acción política (Leiras, Medina, D’Alessandro, 2005:77).

Al igual que en México, en Argentina la CP empieza a adquirir autonomía, pero no mucha difusión, con la creación en 1957 del Instituto de Ciencia Política en la Universidad del Salvador (privada), instaurándose en 1960 una Licenciatura y en 1964 el Doctorado en CP.
 
Dicho proyecto significó en su momento un primer intento de introducir el modelo pluralista en relación al formal que imperaba en otras universidades.
 
No es casualidad que las primeras facultades, cátedras e institutos de CP hubieran tenido como origen o sedes las facultades de Derecho. Juan Linz afirma que la CP tiene un origen distinto a otras ciencias sociales y que éste está en la Teoría General del Estado, del Derecho Constitucional, etc. (Linz, 1992). De allí que la visión de la CP como “ciencia abocada al estudio del Estado” y los fenómenos políticos tenga en ésta perspectiva su fundamento en los enfoques jurídicos sobre la vida política. En el caso de EUA a finales del siglo XIX, como de América Latina a principios del siglo XX, ésta corriente legalista o Staatslehre fue importada de Alemania por renombrados estudiosos del derecho (Easton, 1974:361). La idea de Estado, como “sociedad políticamente organizada” se concibe como el punto de partida fundamental para el estudio de los diversos fenómenos políticos. El Estado no sólo es una forma de organización política, sino el centro del análisis politológico: “El objeto de la ciencia política es el Estado, en particular el poder del Estado, porque no hay fenómeno político que no se relacione de un modo u otro con el poder del Estado y en general con el sistema político” (Serra Rojas, 1964:171-182). Desde este enfoque, la CP trata de “deducir los principios que gobiernan al Estado, explicar la naturaleza del fenómeno político, encontrar las leyes de su crecimiento y las formas de su desenvolvimiento” (ibíd.). La relación de la política con las estructuras jurídicas es inevitable de allí que la CP en realidad, señalaba Van Dyke “se ocupa de las leyes generales, se las llame o no por su nombre” (cit. por Serra Rojas: 1964). Ésta perspectiva en América Latina es lo que conocemos como Institucionalista, aunque prácticamente nunca se le llamara así en su periodo de su mayor auge. Ésta perspectiva considera(ba), no obstante, que la CP “lucha afanosamente para lograr su propia identidad y salir de su círculo elitista para alcanzar a las naciones subdesarrolladas” (Serra Rojas, 1964:98).
 
La búsqueda de identidad como ciencia, está relacionada inextricablemente con el método a seguir. Precisamente, en la época en que ésta perspectiva dominaba, la UNESCO (1950) llevó a cabo una encuesta entre especialistas de la disciplina sobre el “método en la ciencia política”. Las respuestas mostraron una variedad de metodologías que quizá hoy no se considerarían como tales: filosófico, dialéctico, jurídico, histórico, sociológico, psicológico, económico, normativo, métodos de la libertad, el de las ciencias de la naturaleza, experimental, integral, estadístico, etc. La característica central de ésta terminología es (era) precisamente su ambigüedad, ya que los diversos especialistas dieron al concepto ‘metodología’ una acepción diferente. De allí que la perspectiva jurídica de la CP considerara que ésta no tenía (ni tiene) un método, y que por lo tanto, para entender la política sólo es posible si se le aborda con métodos históricos, jurídicos, sociológicos, filosóficos, “y con algunos otros más” (Serra Rojas, 1964:187).
 
A partir de 1949 se sientan las bases de una interpretación del desarrollo económico y social latinoamericano que tendría impacto en el desarrollo de las ciencias sociales en la región y en la ciencia política en específico: el dependentismo. Para muchos éste enfoque superaba la visión jurídica de la CP, y subsistiría hasta entrados loa años setenta. Si bien es un enfoque económico, su perspectiva abarca por obvias razones las formas de poder político existentes en la región. El dependentismo nace como una crítica al modelo de desarrollo ISI (Industrialización vía Sustitución de Importaciones) implementado al inicio de los años 30’s del siglo XX que buscaba crear un desarrollo económico centrado en la industrialización nacional. Según el dependentismo el modelo ISI no podía generar desarrollo económico autosustentable sino una (nueva) situación de dependencia de los países latinoamericanos hacia los países más desarrollados. La dependencia no era efecto de la relación desigual entre centro y periferia, sino una condición consustancial con las características de las formaciones histórico-sociales latinoamericanas y ésta continuaría (¿continúa?) bajo cualquier modelo a no ser que se cambiaran las estructuras internas que reforzaban dicha dependencia (vid. Hodara, 1976). Ésta visión trajo consigo un amplio abanico de discusiones en torno a la dependencia entendida como estructural, lo que significaba que iba más allá de la economía. Se hablaba entonces de la dependencia cultural refiriéndose a productos ideológicos y científicos. Las ciencias sociales en los países no centrales (o periféricos), y en particular la CP y la sociología, estaban impregnadas de una visión del mundo dominante. La dependencia cultural no se restringe a una ‘dependencia ideológica’, es el reflejo de la dependencia estructural y por lo tanto abarca amplias áreas científico-técnicas y filosófico-intelectuales. El dependentismo fue un enfoque que promovía el desarrollo de “ciencias sociales” propiamente latinoamericanas, y perduraría todavía hasta entrados los años 70’s en algunas universidades impulsado por varios intelectuales latinoamericanos.
 
2.2 PERIODO SOCIOLÓGICO
 
Los años sesenta y setenta fueron un periodo muy favorable para el florecimiento de la CP en AL no obstante con significativas divergencias entre los países. Durante la segunda mitad de los años sesenta se observa una diferencia respecto a los años anteriores en el desarrollo de la disciplina. Para 1966 en Chile con el apoyo del Banco Interamericano (BID), se crea dentro de la estructura de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) la Escuela Latinoamericana de Ciencia Política y Administración Pública (ELACP), la cual comienza a publicar en 1970 la Revista Latinoamericana de Ciencia Política lo que representaba un primer esfuerzo de carácter regional para su consolidación, y un año antes, en 1969 se crea el Instituto de CP en la Universidad Católica de Chile (UCC). En Brasil se funda el Departamento de CP en la Universidad Federal de Minas Gerais y el Instituto Universitario de Investigación de Rio de Janeiro (IUPERJ). Otras escuelas de Ciencias Políticas se crean en la misma década como en Cuba (1961), Guatemala (1968) y Costa Rica (1968).
 
A finales de esa década y principios de los 70’s en AL las condiciones económico-políticas llevan a la polarización de la sociedad manifestándose inconformidades en algunos países permitiendo la aparición (o reaparición) de los militares en la escena pública. En 1968 en Colombia se crea el departamento de CP en la Universidad de los Andes, según Bejarano y Wills (2005:112) no fue coincidencia que fuese en una universidad privada ya que en el país había un contexto político efervescente, una comunidad estudiantil muy politizada y en las universidades públicas se desarrollaba una “sociología comprometida”. Esta situación se presentaba en otros países con diversos grados de intensidad, la movilización social de la época fue producto de las transformaciones modernizadoras de las últimas décadas y ello se reflejaba en las universidades.
 
En la década de los 70’s los golpes de Estado en algunos países afectaron seriamente el desarrollo de la CP. Para algunos politólogos estos eventos cambiaron totalmente su vida truncando completamente su desarrollo profesional (vid. Fernández, 2005:70). En 1973 se cierra la ELACP en Chile, y en Argentina entre 1966 y 1976 –dos golpes de Estado emigran varios profesores y pensadores de la política a otros países como México, EUA y España, mientras quienes deciden permanecer sufren la parálisis de la actividad académica (Mazzocone et.al. 2009:616). En Chile se trata de subsanar la ausencia de los estudios de CP creándose en la Universidad de Valparaíso la Licenciatura en Historia con Mención en Ciencia Política (Fuentes y Santana, 2005: 18) con poco éxito dadas las condiciones políticas del país. En Cuba desaparece la Escuela de Ciencias Políticas y sus funciones son absorbidas por la escuela de cuadros del partido desapareciendo su rol de ciencia social (Alzugaray, 2005:141). Pero en otros países como en Brasil y México, la CP no se vio truncada por los autoritarismos. La diferencia fue quizá que en estos dos países el autoritarismo fue menos severo como en otros (Brasil era una dictablanda y en México era un autoritarismo civil). Tampoco sucede lo mismo en Colombia dónde fue precisamente durante la década de los 70’s que se inicia el proceso de profesionalización de los estudios políticos (Leal, 1994: 118).
 
En Brasil por ejemplo, el régimen militar reprimió a los sectores de la comunidad científica y académica más activos en la oposición, pero por otro lado posibilitó la ampliación de una red de instituciones ligadas a la ciencia y la tecnología. Al inicio de la dictadura en 1969 se hacía patente una línea dura dentro de la cúpula militar, pero ya en 1974 con el cambio generacional aumentó la influencia de posturas más favorables al desarrollo científico y la convivencia menos conflictiva con la comunidad académica (Forjaz, 1997:104) La Reforma Universitaria de 1968 amplió el mercado de docentes universitarios, investigadores, becas de estudio, etc., favoreciendo la expansión de las Ciencias Sociales especialmente la CP. Un año antes se funda la Asociación Brasileña de Ciencia Política con el objetivo de estimular el desarrollo de la disciplina en dicho país. Una encuesta realizada por la misma Asociación en 1969 muestra que todavía la mayoría de los politólogos tenían una formación en Derecho, y sólo unos pocos en Sociología y Ciencia Política. No obstante, ya las materias y textos que los entrevistados comentaban eran ya propiamente de CP lo que mostraba una diferencia importante con sus predecesores (Michetti y Miceli, 1969).
 
Los golpes militares tuvieron como efecto la migración de profesores argentinos, chilenos y uruguayos a países como México y Venezuela. En éste último se aprovecha positivamente el “shock externo” para ampliar el interés sobre fenómenos latinoamericanos y no sólo internos, favoreciendo los estudios comparados principalmente en la Universidad Central de Venezuela (UCV) y el Centro de Estudios del Desarrollo (CENDES) (Álvarez y Dahdah, 2005: 247). En México fueron sobre todo las Universidades públicas como Elegio de México, la UNAM, la sede de la FLACSO-México y la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) -ésta última fundada en 1974 como proyecto modernizador de la educación después del movimiento estudiantil de 1968- que cobijaron a varios de los exiliados de la dictadura y su llegada significó una bocanada de renovación para el desarrollo de la CP en dicho país.
 
Durante éste periodo predominan en la CP latinoamericana los estudios de tipo sociológico, principalmente los enfoques estructural-funcionalista y marxista, en ambos existía obviamente una pluralidad de puntos de vista compartiendo algunos elementos en común. Dentro del marxismo además de las propias corrientes internas, había una especie de marxismo militante que pugnaba por una CP más allá de las aulas y los centros de investigación. En algunos países más que en otros, como en Brasil, México y Perú imperaban fuertemente, además de los marxistas en sus diversas corrientes, los análisis derivados de la teoría de la dependencia y las críticas al desarrollismo. Convivían no obstante ya otras perspectivas de análisis empírico de corte anglosajón, pero con poco impacto en la academia.
 
Todavía en estos años, como señala Dieter Nohlen (2007:18) es difícil diferenciar los estudios políticos realizados por académicos provenientes de otras disciplinas, como la Historia, la Sociología y la Economía, de la CP propiamente dicha. Algunos libros de la época que hoy se consideran clásicos en la literatura politológica latinoamericana como La democracia en México (1965) de Pablo González Casanova, Estudios sobre los orígenes del peronismo (1971) de Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero, o La violencia en Colombia (1962) de Guzmán, Fals y Umaña, son ejercicios de sociología e historia atentos a las estructuras económico sociales influenciados por la mirada totalizadora del marxismo, pero al mismo tiempo contienen la búsqueda de la complementariedad teórica y metodológica. Entonces el estudio de la política era una mezcla de sociología y ciencia política: “los sociólogos hacen ciencia política” (Fernández, 2005:64), pero también los economistas y los abogados, quienes incluso siguieron liderando los centros de investigación y docencia. Estos aspectos aún continúan vigentes en varios países como en Venezuela, Ecuador y Bolivia, y en menor medida en México y Argentina, por mencionar.
 
El predominio que llegó a alcanzar el marxismo en esos años fue en parte producto de los movimientos políticos mundiales de los años 60’s que impactaron también el pensamiento político de la región. Los éxitos iniciales de la Revolución cubana (1959) así como la difusión de algunos aspectos de revolución cultural en China (1966), como considerar a la Ciencia como parte de la ideología “burguesa”, llevan a varios intelectuales y académicos a retomar el marxismo que había sido relegado ya en los años 30’s y 40’s. Así a finales de los años 60’s y durante toda la década de los 70’s el marxismo fue el paradigma dominante en casi todos los círculos intelectuales de AL, sobre todo en México, Perú y Uruguay. La visión de cómo se concebía la idea de las CP en esos años se nota en las palabras de un filósofo chileno de la época:
 
“Si los nuevos contenidos de las ciencias sociales en América Latina, impuestos a ellos por la realidad misma, proyectan perspectivas revolucionarias, entonces cabe demandar que consecuentemente su desarrollo preste atención a los problemas más propios de la revolución: análisis de clases y términos de las alianzas entre las clases interesadas en la revolución; estructuras políticas y modalidades de lucha por el poder; fundamentos, carácter y formas concretas de estados nacionales; papel de la violencia en la mantención y transformación de los sistemas de poder; estrategia y táctica revolucionaria para la conquista del poder; aún, problemas de la transición al socialismo”. Más adelante: “Se requiere una elaboración de teoría política, para lo cual el marxismo ofrece los más valiosos fundamentos, que se hace necesario desarrollar y que ciertamente no sustituyen el análisis de la realidad misma” (García, 1975:54-55)
 
Llanamente se puede decir que si hoy en los congresos de ciencia política los papers que se consideran más científicos son aquellos que muestran correlaciones y regresiones a finales de los años 60’s y 70’s lo eran aquellos que pugnaban por una visión revolucionaria de la realidad, no era la democracia el tema central, sino la revolución o la transición al socialismo. Ahora bien, a pesar de las estructuras que se crean en los sesentas, todavía el rol del politólogo era desconocido o incierto. Según el sociólogo argentino Marcos Kaplan los cientistas políticos en esos años no eran todavía un grupo profesional reconocido y valorado en las sociedades de AL. La necesidad de su existencia y su funcionalidad no aparecían evidentes para el público medio ni para ningún grupo significativo e influyente.
 
La sola denominación CP y “su objeto manifiesto, subrayan el carácter peligroso, potencialmente subversivo, de la actividad” y prosigue “su situación institucional es también incierta. En el mejor de los casos, constituyen enclaves tolerados en las universidades y el los órganos gubernamentales” (Kaplan, 1970:53-54, cursivas mías).
 
También en éste periodo los científicos sociales y en particular quienes se dedican a la CP llevan a cabo reflexiones introspectivas sobre la necesidad de desarrollar una disciplina propiamente latinoamericana:
 
“La imposición de pautas correspondientes a los centros de Estados Unidos ha elevado niveles de exigencia en cuanto a objetivos, organización, técnicas y equipos” también la “existencia y el despliegue de actitudes independientes e imitativas, la aceptación acrítica, la identificación incondicional, la mimetización, no sólo con respecto a las teorías, los modelos y los métodos, sino incluso respecto a las falsas o defectuosas imágenes sobre AL que provienen de algunos centros metropolitanos. En muchos cientistas latinoamericanos ha existido un sentido de minusvalía queimpide asumir y desarrollar plenamente las propias posibilidades de autonomía” (Kaplan, 1970: 69)
 
Pocos años antes durante la Conferencia sobre Tensiones en el Hemisferio Occidental, celebrada en Salvador, Bahía, el politólogo mexicano Cosío Villegas señalaba algo similar:
 
“La verdad de las cosas es que nosotros los latinoamericanos (los individuos y las instituciones), no estudiamos del todo nuestros problemas, o los estudiamos tarde o de manera insuficiente. Entonces ocurre que, al vernos forzados por alguna razón a opinar sobre ellos, tratamos de reparar nuestra desidia acudiendo a los estudios hechos por sabios europeos y norteamericanos, y sobre fenómenos análogos (real o falsamente análogos). Tras esta primera tragedia, viene la segunda: pronto descubrimos que esos estudios nos ayudan poco o nada, e incluso que nos hacen caer en la trampa de creerlos válidos. […] Tratándose, sin embargo, de fenómenos humanos, con una fuerte, inconfundible raíz histórica, las variantes que ofrecen pueden hacer inoperantes las conclusiones basadas en condiciones europeas o norteamericanas.” (1963:317 y ss.)
 
En síntesis, a pesar de la creación significativa de estructuras propias para el desarrollo de la CP entre los años 60’s y 70’s, no habían politólogos en sentido estricto –o al menos como hoy se entiende-, los paradigmas dominantes no eran propiamente de la CP, y más aún, había cierta incomodidad con los modelos de pensamiento existentes y se buscaba crear una CP más ad hoc a la idiosincrasia latinoamericana.
 
2.3 PERIODO ACTUAL: DEMOCRATIZACIÓN Y CIENCIA POLÍTICA EN AMERICA LATINA.
 
Éste último periodo se ubica desde los años ochenta a la fecha, dónde ya se desarrollan, sobre todo en los últimos años estudios propiamente de CP (en sentido estricto), alejados del formalismo jurídico y se trata de dejar atrás las teorías sociológicas, sobre todo la impronta del marxismo. La CP y la política latinoamericana son objeto de análisis no sólo de los propios estudiosos en la región, sino que ya también es centro de atención principalmente en universidades estadounidense permitiendo que en los países latinoamericanos se introduzcan con mayor fuerza las corrientes dominantes en la CP norteamericana.

Dicho periodo comienza precisamente con los procesos de democratización en la región y coincide en buena medida con el desarrollo de la infraestructura para los estudios politológicos, principalmente en Argentina, México y Brasil, expandiéndose también en varias universidades privadas; y si bien en el resto de los países se llegan a compartir las corrientes intelectuales dominantes no así las estructuras de investigación. La disciplina se empieza a difuminar en otros países dónde su presencia era muy reducida como en Bolivia entre 1983 y 1986 con la creación de carreras de CP en algunas universidades (Varnoux, 2005). En otros como en Venezuela dónde se habían mantenido los estudios politológicos en un nivel aceptable, tiene un crecimiento especialmente pronunciado (Álvarez y Dahdah 2005). En Colombia desde finales de los 80’s y durante toda la década de los 90’s se presenta un crecimiento de institutos y programas dedicados a la CP en universidades públicas y privadas (Bejarano y Wills, 2005: 116). Pero en otros países, principalmente en Centroamérica la CP como disciplina académica continúa siendo prácticamente inexistente en las Universidades públicas (p.e. Panamá) y solo se mantiene como carrera en algunas privadas (p.e. en El Salvador).
 
A partir de 1983 en Argentina se recupera en poco tiempo el impulso que fue truncado por la dictadura. En la Universidad de Buenos Aires en 1984 se presenta el Informe Strasser para la creación de la carrera de Ciencia Política en la Facultad de Derecho. En Uruguay igualmente, apoyados en centros de investigación privados creados en la década de los 70’s dado que los militares habían irrumpido violentamente en la Universidad, en 1985 se crea el Instituto de Ciencia Política dentro de la Facultad de Ciencias Sociales, separando así las cátedras que se ofrecían en las facultades de Derecho y Economía y en 1991 se crea la Revista Uruguaya de Ciencia Política (Garcé, 2005: 236 y ss.).
 
En 1990 Lechner señalaba que en Chile existía una doble paradoja: fuerte desarrollo del análisis político con un bajo grado de institucionalización de la disciplina (cit. por Fernández, 2005:63.). Una afirmación que contrasta con el hecho de que a partir de 1980 en Chile se crean más instituciones favorables al su desarrollo, en 1981 se crea el Instituto de Ciencia Política en la Universidad de Chile (UC), dos años antes el Instituto de la Universidad
 
Católica comienza a publicar la Revista de Ciencia Política y en 1982 instaura un programa de posgrado en la materia, posteriormente la iniciativa privada funda un centro para la investigación politológica y en 1986 se funda la Asociación Chilena de Ciencia Política. La creación de nuevas instituciones fue el motor que llevó a repensar los paradigmas dominantes en la disciplina y a integrar enfoques que anteriormente sólo pocos politólogos utilizaban en el estudio de la realidad latinoamericana. A simple vista no existe un paradigma dominante, los politólogos se apoyan en instrumentos estadísticos, se recurren a diversos esquemas teóricos en boga como el rational choice y el neoinstiucionalismo. Ya no es el enfoque lo que define la agenda de investigación sino los temas. En el caso de México la CP se liberó de la sociología, pero perdura la tradición histórica (Loaeza, 2005: 201).
 
Aunque lo mismo puede decirse para Brasil, Perú, Colombia y Venezuela. Para algunos, el retorno a la democracia no tuvo un impacto positivo en la disciplina e incluso la relación entre CP y democracia es una visión elitista propia de los estadounidenses. En algunos países subsisten algunas perspectivas que influyen el análisis sobre la política, como sucedía en Bolivia a inicios de los años ochenta: allí dónde se crean las licenciaturas en CP todavía imperaban las perspectivas marxistas dominantes en los años setenta. Cuestión que es superada en los años subsecuentes (Varnoux, 2005:95). En 1997, un politólogo venezolano (Bansart, 1997) señalaba que era imposible estudiar CP y no asumir ninguna postura política. Pero más aún, señalaba que la CP en América Latina, y debía ser una herramienta del politólogo para la acción o la praxis política. Dicha afirmación es todavía parte de la impronta del marxismo dominante del periodo anterior, pero se puede observar que si bien varios estudiosos de la política en los años 80’s se asumían como marxistas ello no se reflejaba necesariamente en los análisis y estudios publicados.
 
Ello es patente en el caso de Perú dónde ya existía una larga tradición de análisis pero fue hasta la década de 1990 que, según Tanaka (2005), se comienzan a observar trabajos politológicos que dialogan con la CP estadounidense.
 
Los procesos de democratización en la región abrieron un amplio abanico de propuestas de análisis poniendo a AL como foco de atención de muchos politólogos europeos y norteamericanos. Si bien hacía años que el análisis de la política latinoamericana había contribuido sistemáticamente al desarrollo de la Ciencia Política a nivel mundial, fueron los procesos de democratización de los años ochenta que abrieron un amplio abanico de propuestas de estudio para la disciplina, quizá similar al impulso que los procesos de descolonización de la segunda posguerra del siglo dieron a la corriente de estudios sobre el desarrollo político en los años sesenta y setenta (cfr. Munck, et. al., 2007).

Todavía a principios de la década de los años 70’s AL era una región marginal en los esfuerzos de elaboración de “categorías de análisis para la comparación inter-cultural y la comprensión de los procesos denominados de desarrollo político”. Las categorías de análisis recientes en esos años en los estudios políticos habían emanado empíricamente del análisis de los países emergentes de Asia y África (Fortín, 1971), la corriente, por ejemplo, de los estudios del desarrollo político, había surgido del análisis de los procesos de descolonización en África subsahariana y del estudio de la consolidación de los estados en Asia sudoriental, (v.gr.) los sistemas políticos no occidentales (Lucian W. Pie) o la aplicación del esquema estructural funcionalista de Almond (The politics of the developing areas).
 
Algunos politólogos como Schmitter, Stephan y O’Donnell empiezan a introducir es estudio de la política AL con mayor impacto que en décadas anteriores, sobre todo el estudio sobre el quiebre de las democracias. Posteriormente serán éstos y otros politólogos norteamericanos quienes desarrollaran líneas de investigación ligadas al estudio de los procesos de transición en la región. Ahora bien, el estudio comparado en y de AL no era nuevo, lo relevante es que precisamente a partir de los procesos de democratización la CP latinoamericana empieza a ver más a EUA y sus métodos de investigación, reduciendo así la influencia, aunque no totalmente, de las perspectivas que habían dominado la disciplina en los periodos anteriores.
 
Como sucedió a finales del siglo XIX y principios del XX cuando el positivismo era la moda intelectual “dominante” –no la única- tanto en Europa como en EUA así como en AL, hoy se podría decir, que nuevamente se presenta una situación de sintonía entre la Ciencia social que se hace y desarrolla en EUA y Europa y la que se desarrolla en AL.
 
Aquello que se puede llamar neo-positivismo es la moda imperante en las ciencias sociales en la región. Es posible afirmar que en la CP contemporánea –pero en otras ciencia sociales también- ha triunfado el cientificismo (o positivismo). Las técnicas actuales de análisis politológico – las cuales contienen un alto contenido estadístico y lenguaje matematizante- han extendido el método epistemológico de las ciencias naturales, han justificado su ‘necesidad’ y presuponen como nunca antes la neutralidad ideológica del científico social y posibilidad de la objetividad que se encuentra en las ciencias exactas. Aunque ésta ‘neutralidad’ puede estar asociada, como lo argumentaron ya desde hace décadas los críticos de ésta perspectiva, a una visión conformista de la realidad social que pugnaría por la afirmación del status quo y la inhibición del cambio social. Fenómenos que escapan a la cuantificación, como los movimientos sociales de alcance nacional e internacional, la protesta como la otra cara del suporte político, etc. son marginales –aunque no marginados- en el estudio politológico.
 
A pesar de éste largo proceso de desarrollo de la CP, incluso dentro de los países más grandes de la región como México, Brasil, Chile y Argentina, todavía son pocas las publicaciones serias en la materia con consistente periodicidad y la comunidad de politólogos es reducida respecto a otros países de similares dimensiones. Pero sobre todo la CP en AL se desarrolla sólo en pequeños archipiélagos –casi siempre copiando el modelo de docencia e investigación estadounidense- y con poca comunicación entre universidades públicas y privadas.
 
Ello se debe a que mientras en las universidades privadas latinoamericanas la CP se ha desarrollado siguiendo los cánones de la academia estadounidense (Universidad de los Andes en Colombia, el ITAM y CIDE en México, Universidad Católica de Chile, Torcuato di Tella y El Salvador en Argentina), y en algunos casos prácticamente copiándolos y ufanándose de ello, en las universidades públicas los programas de estudio –y sus lentos y progresivos cambios- de la disciplina han contenido una visión -quizá para algunos demasiado- heterogénea de la política, concibiendo una CP “más amplia” que va más allá de los temas que ‘imponen’ los más difundidos enfoques politológicos de corte anglosajón (elecciones, políticas públicas, instituciones). Por ejemplo, en relación a la CP que se desarrolla en la UNAM en México, en 1990 un investigador de dicha institución señalaba:
 
“A diferencia de las instituciones de enseñanza privada (que concebimos más como institutos de capacitación que como verdaderos centros universitarios) las universidades públicas no pueden modificar sus planes y programas de estudio con la celeridad de las cambiantes condiciones del mercado laboral, entre otras muchas razones porque éstas últimas sirven a un conjunto heterogéneo de demandas –muchas veces contradictorias-, tanto públicas como privadas, gubernamentales como partidistas, patronales como sindicales, etcétera, y no a intereses específicos de ciertos grupos o sectores como en el caso de las instituciones privadas” (de la Garza:1990, citado en de la Garza 1992:126).
 
El en caso del Instituto de Ciencia Política de la Universidad Católica de Chile, también privada, se dice algo similar:

“La ciencia política de este Instituto y de varias otras entidades académicas de hoy han recibido y siguen recibiendo un estilo, una impronta docente y una investigación típicamente anglosajona, norteamericana más precisamente. Y, al día de hoy, es fuertemente tributario de la tradición norteamericana.” (Fernández, 2005:67)

Finalmente el rol del politólogo aún no es claro para la sociedad, salvo en los mismos centros de enseñanza, en general en AL los egresados de las carreras de CP no son contratados como tales, porque “la sociedad civil no sabe que es un politólogo ni para que sirve” (Suárez-Íñiguez, 1989:84). Además, el periodo anterior al actual, dejó una impronta negativa sobre todo en las universidades públicas, todavía en algunos sectores gubernamentales se consideran que son de “izquierda” y son mirados con recelo, más aún, se desconfía de sus conocimientos. Empero, el Estado es el principal empleador de los politólogos en AL (Álvarez y Dahdah, 2005: 257). En algunos países como Argentina y Chile esta visión ha cambiado aunque no del todo. La mayoría de los politólogos que logran ser identificados en las esferas del gobierno, en los medios y otros sectores de la sociedad se desempeñan en universidades privadas o han adquirido su posgrado en el extranjero.
 
3. LA CIENCIA POLÍTICA HOY:
 
A pesar de las diferencias que existen entre los países de la región sobre todo en relación al grado de institucionalización, la CP en América Latina se ha insertado ya en el contexto internacional al adoptar en gran medida ciertas pautas organizativas que la ubican en la misma medida que aquella que se desarrolla en EUA o Europa. La CP es una empresa académica transnacional, las redes de investigación no se circunscriben sólo a un país, por ello la CP latinoamericana al mismo tiempo poco a poco se va enfrentando a los dilemas que ha arrastrado desde que inició su proceso de autonomía de otras disciplinas y consolidación interna.

A finales de la década de los años 20’s del siglo XX Walter Lippman (1929: 260) señalaba “Nadie toma la Ciencia política en serio, pues nadie está convencido de que sea una ciencia o que tenga influencia importante sobre la política”. Para 1966, cuarenta años después, G. Almond, uno de los politólogos más influyentes del siglo XX, en el marco de un congreso de la American Political Science Association decía con palabras igualmente pesimistas:
 
Como Raquel, la amada pero estéril esposa de Jacobo, que se preguntaba así misma y a Dios cada mañana «¿estoy encinta?», o «lo estaré?», así cada vez, cada presidente de ésta asociación, en éstos eventos anuales se preguntan: «¿somos una ciencia?» o «podremos serlo?»
 
Después de más de cuatro décadas de ésta sentencia es factible preguntarse ¿es ya la Ciencia Política una verdadera y propia ciencia? La respuesta es sí, sin duda. Ello se puede observar no sólo en los numerosos congresos anuales nacionales e internacionales que llevan a cabo las diversas asociaciones de politólogos a nivel mundial, sino en las decenas de publicaciones especializadas que sobre la disciplina existen hoy y que son referencia obligada para los estudiosos, y sobre todo en la creciente oferta académica en CP en muchas universidades públicas y privadas en el mundo.
 
Comparada con otras ciencias sociales la CP es aún una ciencia joven. Es heredera de diversas tradiciones de pensamiento político, sobre todo de la filosofía y la teoría políticas, pero su afirmación como la conocemos hoy inició apenas en la segunda posguerra sobre todo en universidades estadounidenses y europeas. La gran conquista de la CP en éste periodo fue lograr su autonomía frente a otras disciplinas que también estudian el poder como la filosofía, el derecho, la sociología, entre otras. Como señala David Easton (1974: 355):
 
“La situación de la ciencia política a mediados del siglo XX es la de una disciplina en busca de su propia identidad. Como resultado de los esfuerzos hechos por resolver esta crisis de identidad, ha afirmado su voluntad de constituirse como una disciplina autónoma e independiente con estructura sistemática propia. El factor que más ha contribuido a ello ha sido la recepción e integración en profundidad de los métodos científicos”

Lograr dicha autonomía no fue un camino fácil de recorrer. Fue precisamente el desarrollo de la metodología comparativa en el sentido amplio del término lo que permitió que la CP lograse su lugar entre otras disciplinas, y quizá menos que la integración de los ‘métodos científicos’ que señala Easton. De allí que no es casualidad que en las obras que casi todos los más reputados politólogos refieran «política comparada» como sinónimo de Ciencia Política, demostrando la validez de la sentencia de G. Almond (1966:115) quien ha señalado que «no tiene sentido hablar de política comparada en el ámbito de la ciencia política, porque si ésta es una ciencia, entonces por definición es comparativa».
 
Pero la CP se ha desarrollado con dos fracturas internas, una ideológica –izquierda y derecha- y otra metodológica –dura y blanda-, que en palabras del G. Almond han hecho prevalecer una incómoda fragmentación (1988). Dicha fractura es más clara sobre todo en la CP estadounidense, la cual es sin duda la más influyente en la actualidad, pero también se puede observar en Europa y en América Latina. Con el tiempo, y casi como consecuencia de los cambios en las estructuras políticas mundiales como el declive del socialismo como régimen alternativo y la consolidación de la democracia, la fractura ideológica se ha desvanecido aunque no ha desaparecido. Pero es la fractura metodológica la que más se ha abierto con el paso de lo años dando lugar a una disputa intelectual al interior de la disciplina que paradójicamente parece invisible. Siguiendo a Almond (1988) en ésta fractura metodológica se encuentran dos dimensiones:
 
• Los Hardliners, o la dimensión dura, en la cuál se encuentran los autores que desarrollan estudios de carácter cuantitativo, econométrico y estadístico. En este polo se promueve el uso de sofisticados programas estadísticos para elaborar análisis politológico. Ya no sólo se trata de encontrar asociaciones para explicar las variables dependientes, sino que prácticamente se exige encontrar correlaciones estadísticas. Con el apoyo de la computadoras, y gracias al desarrollo de software sofisticado de las últimas décadas se ha privilegiado el ‘aumento del número de casos’ (King, Keohane y Verba: 1994), lo que ‘facilita’ el uso de correlaciones y regresiones estadísticas. Aquí se encuentran sobre todo los –viejos y nuevos- seguidores del rational choice (J. Buchanan, W. Ricker, y en los últimos años G. Tsebelis y A. Prezeworski).
 
• Los Soft-liner’s, o la dimensión blanda, dónde se encuentran los autores y estudios que privilegian el análisis histórico, descriptivo y cualitativo. En éste polo se privilegia la elaboración de conceptos y categorías de análisis antes que la cuantificación, la comprensión antes que el análisis estadístico, así como la valoración de los procesos políticos desde una perspectiva histórico-sociológica y no una mera suma de eventos a lo largo del tiempo. En ésta dimensión se encuentran los seguidores del que podríamos denominar ‘métodos tradicionales’ como G. Sartori, S. Huntington, R.A. Dahl, T. Scokpol, J. Linz y otros.
 
A pesar de ésta fractura, la CP ha avanzado y lo sigue haciendo. Pero sería un error considerar que la fractura metodológica no es más que una simple curiosidad intelectual dentro de la disciplina. Si la observamos desde una perspectiva que podríamos denominar ‘sociología de la ciencia política’, es posible distinguir al menos tres características:
 
• En las últimas décadas los hardliners han reforzado su posición al interior de la disciplina, pero no porque hayan desarrollado mejores teorías, o hayan logrado explicar mejor los fenómenos políticos –cierto, algunos se explican mejor desde ciertas perspectivas, como las elecciones y las decisiones políticas-, sino porque dicha posición se ha beneficiado de los avances en la computación y de las nuevas tecnologías de la información.
 
• El efecto del reforzamiento de la dimensión metodológica dura ha sido dual: se ha generado (i) una insatisfacción hacia dicha corriente dominante –de allí la posición de Sartori (2004). Al mismo tiempo una limitación a la innovación fuera de los cánones metodológicos dominantes dada la dinámica interna de la disciplina, que se mueve por mecanismos endógenos, como la misma formación universitaria y las publicaciones especializadas (journals). Los hardliners no están de acuerdo sobre todo con el pluralismo metodológico y con cierta presunción han resucitado los principios del positivismo extremo que supone es portadora de la verdad ‘metodológica’ para llegar al saber politológico. La más recalcitrante defensa de esta situación se resume, por ejemplo, en las afirmaciones de Colomer (2004), para quien “un signo evidente de debilidad teórica” de la CP actual es que “todavía se siga colocando a los autores llamados “clásicos” en el mismo nivel -o incluso más alto- que a los investigadores contemporáneos”, y continúa, “casi ningún escrito de Maquiavelo o de Montesquieu o de la mayoría de los demás habituales en la lista sagrada sería hoy aceptado para ser publicado en una revista académica con evaluadores anónimos” (2004:358). S. Hoffman, un fuerte defensor del método histórico tradicional ha señalado irónicamente que “el estudio ideal en la ciencia política contemporánea es el análisis comparado de la regulación sanitaria de la pasta en ciento cincuenta países. De ésta manera existe un número suficiente de casos para hacer generalizaciones y ni siquiera es necesario comer un espagueti: lo único que basta son los datos” (citado por Cohn, 1999:31).
 
• Por último, en el debate entre ambas posturas se ha puesto en duda la ‘cientificidad’ de la misma CP. Los hardliners en su afán de mejorar su posición dominante, argumentan que el futuro inmediato de la disciplina es emular a las ciencias duras como la física hasta llegar a tener una metodología de estudio igual o superior a la de la Economía. Los Softliners, por su parte argumentan que la CP contemporánea, ha olvidado la teoría y la filosofía, se ha olvidado de las grandes preguntas y sobre todo que ha hecho del rigor metodológico el objetivo de la investigación. Para algunos es paradójico el uso indiscriminado de modelos estadísticos como si su mero uso hiciese más ‘científicas’ nuestras afirmaciones; tomando otra vez el ejemplo de las ciencias duras, S. Coleman señala que “mucho de lo conocemos sobre la física fue descubierto sin el beneficio de los modernos sistemas de comprobación”.
 
Esta fractura de una u otra manera es persistente, de allí que después de más de cincuenta años de desarrollo de CP moderna, todavía importantes politólogos tienen una visión de la profesión que refleja que aún subsiste cierta indefinición al interior de la disciplina y cierto temor hacia su cientificidad. Algunos ‘maestros’ de la ciencia política (cfr. Munck y Snyder, 2007) no están convencidos de ser científicos políticos -como R.H. Bates-, o piensan que la disciplina está entre la ciencia y el arte -como J.C. Scott-. Otros, si bien reconocen los desarrollos de las últimas décadas no están convencidos de ser ‘científicos’ -como David Collier-, porqué la ciencia política “poco se parece a las ciencias naturales”, o prefieren definirse scholars -como Huntington- y no scientist. Empero, otros -como Moore, Lijphart y Linz-, convencidos de ser científicos, señalan que en las ciencias sociales ésta identificación no puede tener el mismo sentido que en las ciencias naturales.
 
Por ello no resulta extraño que Giovanni Sartori, uno de los fundadores de la disciplina, tenga una posición controvertida sobre su actual desarrollo. Para Sartori, el ‘modelo americano’ de CP, que se ha impuesto y domina la comunidad científica, hace prevalecer el método sobre los temas de investigación, y la cuantificación sobre la lógica. “La Ciencia Política -señala- en los Estados Unidos ha entrado en un camino que no puedo ni debo aceptar: la excesiva propensión a la especialización (y por lo tanto, a la estrechez), excesiva cuantificación, y por lo tanto, un camino que conduce, en mi opinión, a la irrelevancia y la esterilidad” (Sartori, 1997: 98-99). El pesimismo de Sartori es compartido por Robert A. Dahl (en Munck y Snyder, 2007), para quien la ciencia política contemporánea corre el riesgo de arrojarse en el precipicio de la especialización y el cuantitativismo si se pierden de vista los objetivos y las grandes preguntas.
 
Éstas dubitaciones muestran cierta incomodidad con el estado actual de la disciplina, porque para ser una verdadera ciencia, no sólo es importante que otras comunidades científicas consideren a una ciencia como tal, se requiere que misma comunidad que desarrolla los estudios entorno a los fenómenos tratados debe estar convencida de que lo que se hace se hace bien y se hace de forma científica.
 
CONCEPCIÓN FILOSÓFICA DE LA CIENCIA POLÍTICA:

«Ciencia Política» es una fórmula de vieja tradición. Expresa una de las pretensiones decisivas en la configuración cultural de ese acontecer que Max Webér definió como proceso de racionalización, característico de la historia occidental. La Ciencia será el intento de controlar racionalmente el mundo, en cuanto que la realidad se "presenta como sujeta a leyes cognoscibles por la razón, posibilitando así su apropiación humana. En la transformación técnica del 'mundo físico sé cumplen las Ciencias Naturales. La ordenación política de la 'Vida social sería la culminación de las ciencias humanas. Pero ¿cabe reducir Io humano a términos puramente racionales? Explicitando la pregunta: '¿Es posible una ciencia normativa, una teoría que no sólo explique la actividad humana: sino que establezca los principios de su práctica conformación política? .
 
Lo grave es qué tal proceso de racionalización acontece como una progresiva «desmitificación del inundo» (Max Weber). La decisiva autonomía dé la razón científica respecto a la razón teológica y a la razón metafísica va a establecer una barrerá radicalmente la praxis y la teoría: se impone la estricta separación entre los juicios de valor y las afirmaciones fantásticas.
 
Después de Max Weber, las ciencias humanas, en cuanto auténticas ciencias 'empíricas,' parecen condenadas a una absoluta neutralización ética. El neopositivismo—más Vinculado a' su herencia neokantiana y empiriocriticista que al positivismo kantiano y a su encubierto iusnaturalismo— ha radicalizado esta posición al codificar las normas del lenguaje científico, cuya «gramática lógica» se póstula puramente informativa. Las propuestas axiológicas quedan desterradas del ámbito de la razón científica. ¿Qué sentido tiene entonces el hablar de una ciencia política?
 
En este horizonte se plantea la investigación de Van Dyke " . Insertándose conscientemente en ese proceso de racionalización, comprendido como un esfuerzo por aplicar el rigor lógico de la razón teórica a la vida humana.

De aquí la dimensión fundamentalmente crítica de toda la obra. «La afirmación de que el fin social del cultivador de la ciencia política es contribuir a la racionalidad de la acción de tomar decisiones plantea la cuestión de la objetividad.» La objetividad es la norma fundamental que define el lenguaje propio de la ciencia. Y «las cuestiones planteadas en el estudio de la política se dividen normalmente en cuestiones de hecho y de valor». Para ordenar científicamente esa totalidad de datos y valoraciones será preciso empezar clarificando tal distinción. Enfrentándose en seguida con la estructura del lenguaje científico en general, para precisar después los posibles enfoques científicos de la realidad política. Sólo así se podrá contestar a la pregunta por el sentido actual de la disciplina en cuestión.
 
La actividad científica se presenta como una descripción de la realidad frente a la pretensión práctica de definirla afectivamente, normativamente. «Los positivistas —en cuya órbita se inscribe el autor— no consideran posible el establecer lo que debería ser mediante la observación de lo que es... Los valores básicos —dada su génesis afectiva, no controlable empíricamente—deben considerarse como auto justificantes: son postulados simplemente. La implicación de esta posición es que una investigación política de carácter positivista no proporciona un criterio de elección de los valores últimos.»
 
Pero i.i distinción entre fines y medios —capital en la teoría de la acción, desde Kant a Max Weber y Talcott Parsons— permite ordenarla prescriptivamente. «La cuestión de si un medio concreto sirve a un fin que se ha postulado —y si lo hará «mejor» que cualquier otro medio alternativo, es decir, con mayor seguridad, con mayor rapidez, con menos coste— es una cuestión de hecho que exige una descripción.» Por tanto, un problema susceptible de solución científica.
 
La estructura empírico-lógica de la razón científica es el tema inmediato (partes primera y segunda del libro). Hay que aclarar los tipos de descripción explicativa y las categorías fundamentales del lenguaje científico para construir rigurosamente la objetividad científica política. Van Dyke ofrece una clara y sistemática exposición de las líneas generales de la lógica científica, tal y como ha sido establecida por los esfuerzos del empirismo lógico, desde el «Wiener Kreis» hasta la actual filosofía analítica anglosajona. La influencia de Popper, Bergman y Nagel es particularmente notoria en la construcción del autor.
 
La parte tercera será una información crítica sobre los distintos enfoques constituyentes de la objetividad política. Las corrientes de nuestra importancia actual, en cuanto puedan ser consideradas como enfoques científicos, son examinadas aquí. Desde aquellos basados en disciplinas académicas —historia, economía, sociología, psicología, geografía— a les orientados en algún rasgo específico de la vida política o identificados con hipótesis explicativas, sea el medio, la motivación o la ideología el factor causal enfrentado. Prescindimos aquí de una exposición más amplia. Estas notas no pretenden sino incitar a la lectura del libro de Van Dyke; de ningún modo suplirla. Sí queremos señalar el carácter atomístico de todos estos análisis. No existe un intento de articular las distintas axiomáticas enfrentadas para desembocar en una teoría general. Cada enfoque es un «hecho» unitario, analizable por sí mismo, apenas en conexión con las restantes perspectivas científico-políticas.
 
La desconexión teórica con que las distintas ciencias humanas {economía, psicología, sociología, historia) se presentan incapacitará para organizar las distintas hipótesis explicativas en teorías de un nivel más alto de generalidad. En último término, desde tal planteamiento —en el que un cierto pragmatismo relativamente oportunista se conjuga con el formalismo lógico— no tiene sentido plantearse el problema de una teoría general: ni como posible construcción sintética, ni como selección entre los enfoques actualmente dados.
 
«Ninguno de los enfoques debe ser considerado como necesariamente y siempre el mejor. Los estudiosos de la política escogen y deben escoger entre ellos, basando su elección en cualquiera de varias consideraciones: su formación profesional y habilidades, la naturaleza del problema general con que se enfrentan, el público al que se dirigen, etc. Al mismo tiempo, el objeto debe ser desarrollar teorías causales que sean explicables a todas las cuestiones relativas a la explicación y predicción de los acontecimientos.» La vieja pretensión neopositivista de la unificación de las ciencias apenas se apunta como una norma ideal relativamente alejada de la actual investigación empírica.
 
El fáctico pluralismo de enfoques impide por ahora la unificación axiomática de la ciencia política. La diversidad de esquemas categoriales acaso no sea sino un síntoma más de la incuestionabilidad absoluta de nuestra disciplina. «¿Es el estudio de la política una ciencia?» Si aceptamos como claves de tal actividad cognoscitiva los requisitos de verificabilidad, sistema y generalidad, advertimos la enorme deficiencia de la situación actual de tales investigaciones. Solamente se supera esta atribulada facticidad cuando, distinguiendo con J. B. Conant entre concepciones estáticas y concepciones dinámicas de la ciencia, se sostiene, desde esa segunda posición, que «el conocimiento que existe... es parte del tejido de la ciencia, pero no su esencia».
 
Tan significativo como este «argumento esencialista» es la invocación del historicista Collingwood —dos recursos decididamente extraños a la ortodoxia neopositivista—. «La ciencia...no consiste en recopilar los que ya sabemos y en su ordenación en este o el otro esquema. Consiste en luchar con algo que no conocemos, tratando de descubrirlo. La ciencia es descubrir las cosas.» Sólo así podemos seguir considerando
 
como ciencia una disciplina dentro de la cual «una gran proporción de las proposiciones que formulan ahora los científicos políticos», y precisa- mente las de nivel más general, las proposiciones clave sistemáticamente, «son inverificables». En esta situación, únicamente el behaviorismo parece resultar satisfactorio al enfrentar «solamente las cuestiones sobre la política que puedan manejarse cuantitativamente.
 
Se busca la generalidad y el sistema, pero solamente en la medida en que son compatibles con el requisito supremo de la verificabilidad. Quienes adoptan un enfoque behaviorista parecen tener la opinión de que es mejor apuntar a una estructura de conocimiento que es merecedora de crédito, pero limitada, que a una estructura que es comprensiva, pero no merecedora de crédito». La «irrelevancia» de tales teorías —de «ámbito mínimo», jugando con una formulación de Merton— se salva de nuevo con una esperanzada apelación a un futuro ideal: «Hay mucho que decir en favor de este punto de vista, especialmente si existe una posibilidad sustancial de que la estructura de conocimiento digna de crédito puede, a veces, ser extensiva.» Por supuesto, la cuestión no está perfectamente resuelta. «La respuesta a los behavioristas en este punto es que quienes deben tomar decisiones políticas... no pueden esperar a que se desarrolle la ciencia de la política. Y necesitan ayuda y consejo.» Que los científicos pueden ofrecerlo en mejores condiciones que los legos, aun cuando su conocimiento no «satisfaga todas las comprobaciones de la ciencia».
 
De ahí la cautela y prudencia necesaria a tales consejeros. «A esto los behavioristas podrían replicar que cuanto más dediquen los científicos políticos sus habilidades y energías a otorgar consejos en cuestiones calidoscópicas y cambiantes, más tiempo transcurrirá antes de que elaboren una ciencia que sea digna de este nombre.» Así termina el libro. Antes de concluir este apresurado esbozo, apuntemos la contradicción decisiva que aquí asoma: como neopositivista, Van Dyke rechaza todo esencialismo, todo historícismo; como crítico académico del «status» científico de la ciencia política anglosajona, salva su deficiente situación actual con un salto a un futuro histórico que aparece como realización necesaria de la potencia dinámica constitutiva de la «esencia» de tal disciplina.

«Este libro es el primer intento de aplicar con todas sus consecuencias un análisis positivista lógico a la ciencia política» (Librar y Journal). Tal afirmación plenamente justificada señala la importancia: objetiva del estudio de Van Dyke. No será preciso insistir en su extraordinario valor dentro de nuestro país, en cuanto instrumento de clarificación lógica de una disciplina cuya constitutiva dificultad teórica se agrava bajo la etiqueta académica de «Derecho político». Cuando un tardío realismo ingenuo sigue dominando el lenguaje científico-político, su formalización lógica resulta algo absolutamente necesario: sólo así es posible una teoría política rigurosamente empírica, a salvo de supuestos ideológicos más o menos «fundados metafísicamente ». Frente a toda construcción ontológica, el principio de verificación —control empírico del sentido científico de las proposiciones— constituye una de las claves del planteamiento de Van Dyke. «Si el conocimiento debe 6er verificable, la ciencia debe ser empírica; esto es, las afirmaciones científicas deben ser descriptivas del mundo empírico. Ciencia y científico son entonces palabras que se relacionan con una sola clase de conocimiento; esto es, con conocimiento que es observable y no con cualquier otra clase de conocimiento que pueda existir... Ni ciencia ni científico se relacionan con el conocimiento alegado de lo metafísico» (Van Dyke).
 
Si algo ha quedado rigurosamente claro tras las investigaciones epistemológicas del neopositivismo es la destrucción del lenguaje científico, puramente informativo frente al lenguaje axiológico. Una cosa es describir el acontecer empírico en términos de su verificación intersubjetiva y otra definir afectivamente la realidad, explicitando, racionalizando una cierta posición subjetiva. Se destierra el esencialismo en cuanto a su pretensión de establecer la auténtica realidad del mundo no hace sino mezclar arbitrariamente informaciones objetivas junto con expresiones seudo teóricas, cuya única consistencia significativa radica en una cierta actitud práctica, real, ante el mundo. La significación práctica, real del mundo para un sujeto se convierte entonces en revelación ontológica de la realidad en su íntima esencia.
 
La definición subjetiva del mundo amparándose en el uso tradicionalmente arbitrario del verbo ser se presenta como expresión de su «objetividad necesaria». Necesariedad que. en el mejor de los casos, no es sino la cóercitividad con que se impone una cierta ideología socialmente dominante.

El principio de verificación acaba con la «ciencia ontológica» y sus «postulaciones injustificables». El conocimiento no será científico sino cuando cumpla los requisitos de verificación, sistematización y generalidad. Hasta aquí hay que adherise a los resultados del empirismo lógico. Desde aquí habrá que abandonarlos; la crítica del conocimiento «realista» empieza por sustituir la realidad cognoscible por las puras condiciones conceptuales de su observación.
 
La crítica se mueve en el vacío, en el mundo ideal de las teorías científicas. Podrá enjuiciar sus fallos lógicos; de ningún modo su adecuación a la realidad, inaccesible en principio a tal filosofía. Aparecen aquí los límites absolutos del empirismo lógico. La pura crítica del lenguaje desenmascara los entuertos semánticos sin poder alcanzar el correlato real significado. Que Reichenbach, verbigracia, afirme la existencia objetiva de la realidad como una pura «asunción» razonable —una hipótesis defendible— no hace sino expresar la cárcel lógica de un lenguaje consagrado a su pura normatividad inmanente. «Los límites de mi lenguaje significan los límites del mundo. La lógica llena el mundo» (Wittgenstein). Pero la lógica no puede decir nada sobre la realidad sino en cuanto trasciende a un mundo que la excede: en el mundo, en la humana convivencia práctica, es donde se engendran lenguaje y lógica, como comunicación y significación
 
dentro de un proceso de realización histórico-social del hombre. (La última clave de la significación de un lenguaje no reside en su «gramática lógica» ni en su semántica establecida, sino en la realidad de ese proceso histórico social, cuya conciencia humana expresa.
 
Tales proposiciones generales sólo tienen sentido aquí en cuanto pueden ser concretadas en el marco de una clarificación filosófica de la ciencia política. Cómo es posible constituir en puro observable, en estricta objetividad científica el ámbito de lo político? Tal sería el problema real de un análisis filosófico de la ciencia política. Pero Van Dyke no se plantea un problema real, sino un simple problema crítico: no se trata de establecer teóricamente los supuestos conceptuales que posibiliten la investigación empírica del acontecer político, sino de criticar los distintos supuestos conceptuales ya establecidos en cuanto enfoques académicamente vigentes dentro de este campo.
 
De ahí que no tenga sentido la decisión por una cierta teoría general de la ciencia política: bastar con afinar lógicamente los planteamientos ya dados, afirmando su correspondiente validez singular. Una tal posición parece ignorar todos los esfuerzos actuales hacia una unificación axiomática de las ciencias humanas. No llega a advertir la convergencia teórica de aquellas diversas ciencias que hace posible una progresiva
 
unificación de enfoques al parecer tan dispares como el psicológico, el sociológico, el ideológico, el económico, el del poder y la influencia, el de la pugnacidad conflictual, etc., hacia una teoría general de la ciencia política.
 
Quizá debido a su aceptación acrítica del planteamiento behaviorista que nunca llega a entender desde el posible marco conceptual de una teoría general de la acción. Al cabo, la idea neopositívista del quehacer filosófico supone que sólo el científico enfrenta cognoscitivamente la realidad. Al filósofo le compete únicamente criticar el rigor metodológico de tal enfrentamiento, vigilar el cumplimiento de las normas del lenguaje científico; no tiene acceso a la realidad observable, sino a las mediaciones científicas ya establecidas. Su objeto no es la realidad en cuanto cognoscible, sino el lenguaje como instrumento de conocimiento. De aquí su incapacidad para enfrentar el problema de la «corrección teórica» de una serie de lenguajes respecto a la realidad expresable; únicamente podrá juzgar sobre su «corrección lógica».
 
Frente al realismo esencialista, deduciendo sistemáticamente las categorías fundamentales de las distintas «regiones ontológicas», el eclecticismo teórico. Puesto que «empíricamente» no tiene sentido hablar de una «axiomática ontológica» —expresión de la «objetividad esencial» del ámbito real investigado (Husserl)—, se admite el pluralismo de enfoques. Ya sabemos que a un empirista lógico nunca le puede interesar en serio el conocimiento real de la realidad en general, ni de la realidad política en concreto: sólo le ocupa el conocimiento de sus supuestos ideales. Su competencia se limita a vigilar en que todos aquellos que, dentro del sistema establecido, pretenden hacer ciencia política, cumplan las normas ideales del método científico. La crítica del realismo esencialista acaba por disolver la propia realidad en aras de su puro concepto lógico. El hueco de una «mitología política», seudocieníífica, será llenado por una mitificación de la lógica.

A caballo sobre la praxis y la teoría, la política resulta un ámbito peligroso para el neopositivismo: establece su insuficiencia radical para otra cosa que no sea la policía semántica del lenguaje científico, y manifiesta las raíces sociales de ese compromiso con un idealismo abstracto. La teoría es conocimiento de la realidad, en cuanto que la investigación científica supone un enfrentamiento práctico con la realidad. La observación, la verificación, son acciones que exceden del mundo ideal del lenguaje puro: son la praxis en -que cobra significación el lenguaje científico, en que se engendra el sentido «real» de las proposiciones científicas.

Las normas del «sentido lógico» de tales proposiciones, como el resto de las normas que constituyen el método científico, son, en definitiva, las reglas exigidas para el cumplimiento práctico de ese proceso real —no puramente lógico— que es el conocimiento científico. La lógica no es sino un momento -en ese proceso práctico, social, que es la investigación científica. Pero entonces el enfrentamiento filosófico de una disciplina científica no puede detenerse en el análisis idealista de su teoría general, de su lenguaje fundamental.

Es preciso enfrentar asimismo la conexión de tales expresiones significativas con su posible correlato real: una conexión práctica que viene constituida por la organización real de la investigación en cuanto acontecer práctico, histórico-social.
 
Desde este planteamiento, ¿qué significa el idealismo neopositivista? En primer lugar, que el «filósofo» abandona toda responsabilidad por el conocimiento real de la realidad —función especial, que se adscribe al «científico»—; al «filósofo» sólo le compete la vigilancia de las normas ideales de todo conocimiento empírico: la policía del método científico. El filósofo no se enfrenta con la realidad; simplemente, con los resultados teóricos de! funcionamiento práctico de la comunidad científico-académica dentro del sistema establecido. De ahí su existencia abstracta, el idealismo necesario de su pensamiento. De ahí el sentido absolutamente conformista de su fácil eliminación de los juicios de valor; no tiene sentido fundamentarlos, puesto que previamente se aceptaron ya los vigentes socialmente. Un profesor académico —posición social normativa para el «ethos» del neopositivismo actual— es siempre un hombre dentro del orden dominante. Otra cosa es que su resignado escepticismo político le impida una profesión más activa de aquellas vigencias.
 
En último término, el idealismo neopositivista salva al filósofo déla deficiente realidad social actual adscribiéndole en promesa al orden social perfecto de la futura «Civitas Scientifica».
 
De aquí la ética de aplazamiento frente a la urgencia política. Cuanto más separados estén los «roles» de filósofo y de científico —decisivamente teórico— frente al «rol» práctico del político, mejor que mejor. Lo que importa teóricamente no son las necesidades prácticas actuales, sino la pureza de la ciencia actual, el riguroso cumplimiento del código metodológico, única garantía del advenimiento futuro de la ciudad salvadora. Despegado así de inmediatez real de la vida política, sería imposible para el filósofo pretender contribuir a la construcción de una teoría general de la ciencia política. Alguna vez llegarán hasta ella los científicos políticos. Al cabo de esa diversidad de enfoques no es sino una facticidad accidental que en nada atenta a la esencialidad única: la ciencia en cuanto progresiva estructuración lógica del mundo.
 
Ahora resulta claro el sentido de aquella aparente incongruencia señalada, al final de nuestro resumen expositivo: Van Dyke, en tanto neopositivista, es, necesariamente, un «crítico académico» de la ciencia política anglosajona. El salto al futuro de la «realización esencial» de tal disciplina, como salvación; de su deficitaria situación actual, no es sino un momento más del salto idealista que sustituye los conflictos que la realidad política presenta por su armoniosa plenitud en un mundo regido por la ciencia. Estadio futuro, resultado del progreso que viene garantizado por el cumplimiento del método científico. El tiempo de tal advenimiento no cuenta: vamos hacia él; eso es suficiente.
 
Sobre el caos político del mundo sólo puede imponer algún sentido el triunfo final de la pura razón científica. Mientras tanto, sus creyentes pueden esperar confortados por la situación social académica que les permite aceptar con tranquila resignación las deficiencias de un mundo cuya configuración contemporánea sigue estando teñida de la irracionalidad constitutiva a toda praxis política no iluminada por la ciencia pura.
 
Aconteciendo históricamente, la razón deviene sin razón. Una cierta posición teórica relativamente válida al nivel racional del momento en que surge deviene dogma absoluto, norma intelectual por obra del tradicionalismo académico. La rígida censura de Max Weber entre praxis política y teoría científica no sólo supone el neokantismo vigente en la Universidad alemana y la tradicional distinción de los «roles» sociales del filósofo y el político, sino la crisis radical del consensus en una sociedad cuyos conflictos desembocarían en el caos nazi. Su concepción de una ciencia éticamente neutral hay que entenderla como liberación de la objetividad científica frente a una ideología dominante, pretendiendo validez universal a partir de las académicas «ciencias normativas», y frente a una creciente mitología irracionalista que acabaría por imponerse violentamente en la insensatez de una «ciencia aria». Surgiendo en el mismo momento de caos axiológico, el neopositivismo del Círculo de Viena representa, como la posición weberiana, una batalla por la razón científica al servicio de una racionalización progresiva del mundo. Pero con la derrota mundial del fascismo, el empirismo lógico deviene ortodoxia filosófica en Occidente. Su definición de una razón teórica pura, frente a la arbitrariedad afectiva de los juicios de valor, deja de tener sentido crítico y cobra, en cambio, una dimensión ideológica conservadora.
 
'La exigencia de rigor informativo se transforma ahora en pura «inhibición metodológica» (Wright Mills), que inunda de futilidad las ciencias sociales. Es en este ámbito del saber científico donde, frente a la urgencia de una teoría general, cobra vigencia progresiva la norma de una investigación reducida a verificar «teorías de ámbito medio» (Merton), congruente con la legitimación del pluralismo teórico frente a la unificación axiomática. Sin una teoría general de la Ciencia Política no cabe racionalizar científicamente los juicios globales sobre el sistema político. Para muchos de los empiristas lógicos actuales, empero, tales juicios carecen de sentido, se definen en términos peyorativos, como puros juicios de valor. El supuesto real de tal posición no es. otro que la intangibilidad de la máquina del Poder para unos científicos y filósofos en conformidad con el sistema establecido. Una pretendida fe en la ciencia resulta, prácticamente, un obstáculo al progreso científico.

«La imposibilidad de hacerse campeón da convicciones prácticas en nombre de la ciencia» sólo se convierte en proposición axiomática cuando se éterniza ontológicamente una cierta crisis histórica, definiendo esa quiebra del consensus como «combate eterno de los dioses»; tal es el caso de Max Weber (vid. Wissenschaft ais Beruj). La situación histórica actual parece ser otra: la universalización de los conflictos político-sociales en un mundo que tiende a una cierta unificación científico-técnica parece ofrecer alguna ocasión para detectar empíricamente una serie de valores cuya vigencia universal constituye el supuesto de una sociedad mundial racional, pacífica, humana.
 
Sino que esta perspectiva parece estar más clara desde una situación social de subdesarrollo que desde el confort privilegiado de la Universidad en las grandes potencias occidentales; quizá perqué uno de los supuestos de tal confort sea la negación violenta de alguno de aquellos valores. El libro de Lipset, El hombre político, con todas sus limitaciones, es significativo de esta nueva perspectiva histórica con respecto a un orden axiológico universal. Un análisis filosófico de la Ciencia Política debe ser consciente de esa coyuntura actual, que quizá permita no sólo su unificación teórica (Teoría general de la Ciencia Política), sino el establecimiento empírico de alguno de los principios fundamentales de una filosofía política capaz de orientar racionalmente la organización y funcionamiento del Poder. Fundamentar tales afirmaciones es algo que excede los límites de las presentes notas.
  
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