martes, 25 de enero de 2011

Imágenes de los abogados en los Andes: Crítica social y percepción profesional (1550-1640) *

En noviembre de 1629, durante la visita administrativa a la Audiencia de Lima, el doctor Diego de Orozco, abogado y letrado, presentó una querella criminal contra el doctor Juan de Loaysa Calderón, uno de los seis oidores del tribunal. La causa versaba sobre las ‘injurias’ que presuntamente el denunciante había recibido por parte del oidor quien lo había ‘ofendido de palabra públicamente’ al considerarlo como uno de los “[letrados] que no [sirven] sino para enredar y enmarañar los pleytos”(1) . Aunque los testimonios variaban en torno a las circunstancias y exactas palabras del oidor Loaysa Calderón (2) , lo cierto es que éste había hecho uso de la generalizada acusación de venalidad, incompetencia y obscuro razonamiento que supuestamente caracterizaban a los abogados y los procuradores de causas. Según esta arraigada visión, dichos operadores del Derecho, aprovechándose maliciosamente de sus conocimientos, dilataban y enredaban los ‘pleytos’ a expensas de la administración de justicia, la virtuosidad cristiana y, en ocasiones, de los propios intereses y el patrimonio de sus patrocinados. Fue para hacer frente a estas ‘injuriantes’ acusaciones que el licenciado Diego de Orozco recurrió al visitador Juan Gutiérrez Flores: primero para que sancionara al oidor Loaysa y, segundo, para que reestableciera su herida dignidad como un ‘hombre principal y noble y abogado de mucha reputación y estimación en la república’ . Al hacerlo, Orozco no solamente defendía su honor personal sino la relevancia y dignidad de su oficio.
 
El caso de Orozco ni era un suceso anecdótico ni fue inusual en el proceso de afirmación profesional de los letrados en el Nuevo Mundo. Este ejemplo era ilustrativo de la percepción que de sí mismos éstos tenían en términos de su reputación, su posición social, su honor y su ‘incuestionable’ utilidad pública.(3) Igualmente este caso nos permite apreciar los extendidos estereotipos en contra de los letrados, los cuales aunque nacidos en la Baja Edad Media se hicieron muy populares principalmente a partir de los siglos XVI y XVII cuando la ‘revolución educativa’ concedió un papel preeminente a los estudios de Derecho en Europa Occidental y dio origen por consiguiente a una clase profesional de expertos jurídicos(4). La colonización del Nuevo Mundo coincidió con la ‘revolución educativa’ en España y con el centralismo de la monarquía en términos de dación de leyes y control jurisdiccional. Tempranamente los letrados cruzaron el Atlántico para ejercer su oficio en los nacientes tribunales, audiencias, juzgados, alcaldías mayores, alcaldías y corregimientos de las Indias, ya sea como funcionarios y/o abogados privados. Conjuntamente con ellos vinieron también las imágenes sociales y estereotiposs sobre sus quehaceres profesionales. La idea que los abogados ‘enredaban los pleytos’ reflejaba a su vez la concepción del sistema legal como cuerpo complejo y contradictorio de normas, principios, procedimientos y doctrinas que solamente una clase de intermediarios legales podía desentrañar y manipular muchas veces en su entero beneficio. En un célebre párrafo de su monumental Historia de la Villa Imperial de Potosí, Arzáns de Orsúa y Vela consideraba, citando al Papa Pio II “que las leyes y pleytos eran las redes, los tribunales la era [heredad] o campo, los litigantes las aves y los cazadores los abogados, procuradores, agentes y jueces; y como caen en la red las aves y perecen, así los pleiteantes en cayendo en esta red antes de salir de ella quedan despojados” ([1700-1736] 1965: III, 136). Para Arzáns los ‘cazadores’ nunca dejarían de servirse de los usuarios corrientes (las aves) del contradictorio sistema jurídico colonial.
 
Este trabajo se ocupa de la representación social de los abogados en la Península y en las ciudades de Lima y de Potosí, dos de los más populosos centros urbanos de la región andina en los siglos XVI y XVII. Prestamos atención a la crítica y desaprobación de los abogados, un cuerpo de ideas inspirada en la imagen negativa de estos intermediarios en la Europa del siglo XVI es decir cuando irrumpieron como una compacta y numerosa clase profesional (Bouwsma 1973) . Estas imágenes fueron reutilizadas y enfatizadas en el Nuevo Mundo, en especial cuando los abogados fueron acusados de alentar (y manipular) irresponsablemente la litigación de los señores indígenas e inclusive de los ‘indios del común’. (5)
 
Frente a esta crítica social -- recogida en la literatura, el teatro, la correspondencia administrativa y los proyectos arbitristas de la época-- surgió en el siglo XVII una producción escrita por letrados y juristas españoles que sostenían la importancia social de la abogacía. Aunque esta literatura de afirmación profesional tenía sus orígenes en el siglo XVI, fue en realidad entre 1620s y 1680s con los trabajos de Gerónimo de Guevara, Melchor de Cabrera Núñez de Guzmán y Juan Muñoz que alcanzó sus expresiones más maduras. También hacia fines del siglo XVI y comienzos del siglo XVII los letrados limeños y potosinos empezaron a exaltar sus virtudes como ‘expertos en Derecho’ y ‘gente prudente y cristiana’ en sus peticiones de mercedes de oficio a la corona. En este tipo de solicitudes estos ‘letrados’ fueron delineando sus propia percepción de gente ‘necesaria y grave para la república’. Finalmente la literatura corográfica del siglo XVII, es decir las composiciones que narraban los sucesos más notables de las ciudades y mostraban sus excelencias, presentó a los letrados como los vecinos cultos de las principales urbes americanas. De esa forma, las connotaciones negativas hacia los abogados, tan frecuentes en el siglo XVI, empezaron a ser contrastadas y cuestionadas con una imagen positiva, escrita por los letrados, que privilegiaba sus virtudes y sus contribuciones al ‘buen gobierno’. Aún hoy la literatura, el humor popular y los códigos de ética profesional –un fenómeno de reglamentación de la profesión que coincide con la aparición de los colegios de abogados-- recogen esta dicotomía que se fue gestando tempranamente desde el siglo XVI.
 
Una ‘sabandija infernal’: el abogado malicioso
 
A Francisco de Quevedo y Villegas se le deben las más conocidas composiciones en contra de los abogados en la Península. Fue la hiperlitigación castellana del siglo XVI la que contribuyó sustancialmente a la desaprobación pública de los togados, la que fuera recogida por los escritores cultos del Siglo de Oro y recreada en sus obras (Kagan 1981ª: 181-184). En El sueño de la muerte, Quevedo establecía una relación de causalidad entre la perniciosidad de los abogados (o ‘letrados’, como prefería llamarlos) y los cohechos y problemas que ellos estaban produciendo (6). Haciendo uso de su usual pluma sardónica, Quevedo no dudó en llamarlos ‘sabandijas infernales’. Tampoco ésta fue la única obra en la que Quevedo abordó los males sociales que la abogacía estaba provocando en la sociedad castellana. Para hacer frente a la engañosa formalidad de los abogados --tanto en el uso de un traje distintivo como en su pomposidad-- Quevedo en su Libro de todas las cosas advertía que debía juzgárseles no por la ‘apariencia’ sino por sus verdaderas intenciones: es decir su codicia e inescrupulosidad (Schwartz-Lerner 1982: 245).
 
Si algo contribuyó a crear la mala imagen de los letrados en la Europa moderna fue su posición de intermediarios de los justiciables ante los tribunales y por consiguiente su rol en la litigación (7). Esta posición de ‘intermediarios’ estaba construida sobre el principio que reservaba el ofrecimiento de servicios jurídicos a una clase de expertos legales quienes monopolizaban para sí estos conocimientos. Ya en las ordenanzas castellanas del 11 de febrero de 1495 (conocidas como las leyes de abogados y procuradores) se exigía que los casos ante el sistema judicial real debían ser llevados por los letrados inscritos, examinados en las chancillerías y que a su vez debían ostentar grados universitarios(8) . Los abogados fueron adiestrados en las universidades, al menos desde el siglo XIII, en un Derecho técnico de inspiración romanael ius commune(9), que buscaba acabar con las ambigüedades y supuestas contradicciones del Derecho consuetudinario local.
 
Esta nota distintiva hizo que los abogados fueran vistos popularmente como una clase aparte que manejaba un discurso técnico, difícil de comprender para los neófitos, lo que desafiaba el sentido común y la concepción popular de la justicia. En el Entremés del justicia y litigante(10), uno de los personajes, el alcalde, se dirige al escribano citando los ‘Baldos’ (Baldo de Ubaldi) y ‘Bártulos’ (Bartolo de Sassoferratto), dos de los más célebres juristas del ius commune medieval y que representan esa concepción intelectual y letrada del Derecho. Como grupo profesional los abogados dependían en sus ingresos de sus servicios (ya sea a la corona o los particulares) lo cual alimentó más las sospechas públicas de que se trataba de un grupo casi parasitario que vivía a expensas de sus clientes. En esos términos se hizo muy extendida la acusación que los abogados alimentaban los litigios artificialmente y que ellos eran los únicos que obtenían beneficios de sus empobrecidos litigantes.
 
Estos estereotipos tardo-medievales fueron retomados en los albores de los tiempos modernos cuando los abogados adquirieron mayor protagonismo y se convirtieron en una comunidad relativamente notoria(11). Al producirse la colonización del Nuevo Mundo, estos prejuicios fueron automáticamente reutilizados aunque enriquecidos con la experiencia local. Como a los abogados se les consideraba casi ‘maliciosos’ por naturaleza les fue progresivamente prohibido que embarcaran en Sevilla o en Sanlúcar de Barrameda con destino a las Indias. De allí que se dictara una legislación o se invocara una en ese sentido, en cuya gestación los propios vecinos y colonizadores habían participado. En 1513 los notables de Tierra Firme habían solicitado que se impidiera el paso a los letrados y en 1521 se les había prohibido su presencia en la Isla de la Fernandina (Cuba). La capitulación de 1529, entre Francisco Pizarro y los Reyes Católicos, incluyó una análoga disposición justificándose en que los letrados y los procuradores de causas alientan ‘muchos pleytos y debates’ (Uribe 2000: 19-21). A pesar de la prohibición de 1529, hacia 1540s ya había una comunidad de abogados y letrados en Lima. Algunos de ellos trabajaban para los ‘vecinos’ de la ciudad, como representantes del cabildo ante el monarca o como consejeros legales(12).
 
Fue la litigación de los naturales el principal ejemplo de lo pernicioso que resultaban los abogados en el Nuevo Mundo. Hacia la primera mitad del siglo XVI, dos letrados, como Alonso de Zorita y Polo Ondegardo, ambos educados en Salamanca, advertían con enorme preocupación cómo los litigantes nativos habían terminado por ser manipulados por los abogados y los procuradores de causas. Para Zorita, en la Nueva España, los señores estaban inundando la Audiencias con peticiones y litigios lo que estaba erosionando el sentido cristiano de la paz y la armonía social(13) . Análogos comentarios haría Polo Ondegardo en los Andes, entre 1561 y 1565. En su informe al licenciado Briviesca de 1561, Polo diría que era ya natural ver en las plazas públicas a ‘indios viejos’ que se ofrecían como testigos (14). Como expresión de reprobación y enfatizando la urgencia de iniciar un programa de reformas, Polo escribiría al licenciado Hernández de Liébana, uno de los participantes en la Junta Magna de 1568, que era necesario ‘quitar los pleytos’ a los naturales y que éste era el mayor beneficio que ellos podían recibir luego de ser cristianizados ([1565] 1917: I, 154). Los comentarios de Zorita y Polo no fueron accidentales sino que respondieron a los desafíos que estaba provocando el uso masivo de las Audiencias por parte de los señores indígenas para obtener la reducción de sus tasas tributarias tal como había sido establecido en las Leyes Nuevas de 1542-1543 .(15)
 
Zorita como Polo fueron testigos privilegiados de los cambios que la introducción del sistema legal europeo y de sus operadores jurídicos estaban provocando entre los naturales. No solamente los principios jurídicos europeos colisionaban con las nociones de propiedad, usos de recursos, rol de la mujeres, estatuto personal que tenían los naturales, sino que los operadores del Derecho como abogados, procuradores y solicitadores estaban actuando como intermediarios de sus disputas, generando costos legales, que ante los ojos de observadores como Zorita y Polo era una de las razones del empobrecimiento de los nativos. En un ambiente de caída demográfica surgieron muchas explicaciones para intentar comprender las razones de este colapso. Para los dominicos y lascasianos la caída se debía a los malos tratamientos al que estaban los naturales sujetos por sus encomenderos y los españoles en general (Cook 1999: 1-5). Hacia 1560 circuló en los Andes la idea de que la ‘frívola litigación’ alentada por abogados y procuradores de causas estaba causando la despoblación de los campos y por consiguiente recrudeciendo el descenso demográfico.
 
El mejor ejemplo de esta perspectiva era el Conde de Nieva. Para el virrey, los caciques litigantes con sus continuos pleytos en las audiencias estaban dejando sus campos si trabajar y “los abogados les roban que no les dexan un pan de comer y lo que a los indios le convenía sería no saber que cosa es pleyto ni saber el camino desta Audiencia [de Lima]” (Levillier 1921: I, 497). El cabido del Cuzco retomaría la tesis del Conde de Nieva y en el acta de creación del oficio de juez de naturales señalaría como justificación la ‘disminución en la hacienda’ de la gente andina como resultado de la explotación a la que estaban sometidos por la profesión legal(16) . Al lado de esta extendida visión, también circuló la idea que la explotación de los abogados y procuradores obedecía a la ‘rusticidad’, ‘poco entendimiento’ e ‘ingenuidad’ de los naturales. Se decía que dado su carácter casi infantil eran fáciles víctimas de abusos y extorsiones. Oidores de la Audiencia como el licenciado Hernando de Santillán escribieron que los ‘indios del común’ eran esquilmados no solamente por sus abogados y procuradores sino por sus caciques, los ‘indios ladinos’ y los ‘mestizos’(17) . Esta tesis de la ingenuidad ‘natural’ de la gente andina, y en general de los amerindios, se utilizó como explicación del renacimiento de los cultos religiosos prehispánicos hacia 1610s. Entonces se sostuvo que su carácter infantil y su falta de entendimiento explicaban la facilidad con la que habían abandonado el cristianismo por sus antiguos e ‘idolátricos’ cultos .(18)
 
La tesis de Nieva fue retomada por Francisco de Toledo hacia 1570s. En plena ofensiva contra la élite incaica y los señores indígenas(19) , y como reacción a sus exitosas batallas legales, Toledo hizo suyas las críticas más acérrimas contra los abogados y los procuradores de causas. En un conjunto de ordenanzas promulgadas durante su visita al sur del Perú, entre 1570 y 1575, el virrey creó un sistema de asesoría legal pública sostenida por el tributo indígena y revocó masivamente todos los poderes otorgados a los abogados y procuradores de causas por los señores indígenas(20). Las reformas de Toledo no redujeron, sin embargo, la litigación y de hecho en 1591 el oidor Cristóbal Ramírez de Cartagena, entonces ‘el oidor más antiguo de la Audiencia’, todavía seguía lamentándose que los naturales dilapidaran grandes sumas de dinero en ‘pleytos’(21) .
 
Sin duda que hubieron muchos abogados venales durante ese periodo. Las visitas a la Audiencia de Lima muestran denuncias contra algunos como el licenciado Marcos de Luzio. En 1561, Luzio, quien había sido muy activo desde la década de 1550, fue acusado de haber intentado sobornar al Dr. Nicola María Oliva, un abogado privado inscrito en la Audiencia, quien había sido nombrado por este tribunal como juez dirimente (árbitro) en una disputa aproximadamente en 1558. En las actas de la visita, los testigos refieren que el licenciado Luzio fue hasta la casa del Dr. Oliva con el propósito de entregarle ‘ciertas piezas de plata’ para comprar así su voluntad. Oliva, con una reputación de hombre intachable(22) , no solamente no aceptó este soborno sino que le requirió a Luzio que se llevase de inmediato su oferta a menos que quisiera ser acusado ante el virrey(23) .
 
Este no fue el único escándalo judicial en que el licenciado Luzio estuvo envuelto. Gregorio González de Cuenca, oidor de la Audiencia, declararía que “cuatro años poco mas o menos [circa 1555-1556]” sabía que el licenciado Luzio le había llevado al entonces joven fiscal, Cristóbal Ramírez de Cartagena, ‘un tejo de oro’ de valor de 900 o 1000 pesos para ganarse su parcialidad en un caso de encomiendas(24) . El licenciado Marcos de Luzio rechazó todos estos cargos, en particular el de la acusación de querer corromper al licenciado Ramírez de Cartagena. Luzio haciendo un cálculo matemático señaló que como abogado del encomendero Lucas Martínez Vegazo, a quien se le habían privado de sus encomiendas por apoyar a Gonzalo Pizarro, estaba defendiendo un patrimonio de casi 100,000 pesos(25) . Indicó además que siendo un expediente muy voluminoso, de casi dos mil folios, su estudio detallado le iba a demandar mucho tiempo, más aún que habían “grandes dubdas y puntos de Derecho”. Por tanto, antes que corromper al licenciado Ramírez de Cartagena (y se explayó en incluir al propio Dr. Oliva) lo que quiso fue “dar algo por assesoria” como repitió se estila en “las audiencias de las Indias”(26) . Un descendiente y homónimo de Marcos de Luzio fue igualmente acusado de actuar coludido con el ‘oydor más antiguo de la Audiencia de Lima’, el doctor Juan Ximénez de Montalvo, en la visita de 1625 de Juan Gutiérrez Flores. Según los cargos leídos contra el oidor Montalvo se dijo que ‘el doctor Marcos de Luzio abogado de la Real Audiencia [es] grande amigo y confidente del dho. Doctor Montalvo’ y que por tanto el juez actuaba con evidente favoritismo en las causas de Luzio(27).
 
La reputación de los abogados como personas que enredaban los ‘pleytos’ y que actuaban maliciosamente sobrevivirá muchos años, aunque frente a ello se erigirá una visión alternativa de la profesión legal. Fue la litigación y la intermediación las que contribuyeron a esta imagen negativa. Los letrados del siglo XVI empezarían a hacer una distinción entre los ‘malos’ y los ‘buenos abogados’, en la que los primeros tendrían todos los vicios que los estereotipos y la crítica social atribuían a los hombres de leyes. Esta será la transición del improbus litigator al abogado cristiano.
 
Letrados honorables y abogados cristianos
 
En su Gobierno del Perú, el licenciado Juan de Matienzo argumentaba que los mejores administradores del Perú habían sido los letrados. Haciendo un breve repaso de las cualidades para gobernar decía que un administrador debía estar preparado para la paz y la guerra, tener experiencia, conocimiento y prudencia y a su vez un arraigado sentimiento del deber (Matienzo [1567] 1967: 196-199). Repasando la historia del Perú colonial temprano, Matienzo señalaba que los primeros virreyes, todos ellos de origen noble, no habían podido culminar sus mandatos ni ‘vuelto a España, sino todos muertos en esta tierra’, lo que iba en contra de la creencia de que los ‘nobles de capa y espada’ estaban preparados para la ‘guerra’, en especial para enfrentar y controlar las violentas circunstancias del Perú entre 1540-1560s (ibid: 199). Para ilustrar su aserto citaba los casos de Antonio de Mendoza(28) (m. 1552) y el marqués de Cañete, Andrés Hurtado de Mendoza (m. 1560), quienes habían fallecido muy enfermos, o los dramáticos ejemplos de los asesinados Blasco Núñez Vela (m. 1546) y el Conde de Nieva (m. 1563). Aunque Matienzo tenía cierta simpatía por la labor que Antonio de Mendoza había desarrollado en la Nueva España, lo cierto es que miraba con desconfianza lo que ‘condes, marqueses y duques’ habían hecho o podían hacer para gobernar un territorio como el Perú, tan fragmentado y dividido. Como contrapunto, advertía Matienzo, citaba el ejemplo de los letrados como Vaca de Castro, Pedro de La Gasca, los jueces de la Audiencia y Lope García de Castro (gobernador mientras Matienzo escribía) los que no solamente habían sobrevivido a sus cargos sino que habían apagado las numerosas rebeliones de los encomenderos y gobernado con prudencia.
 
¿A qué se debía el éxito de los letrados? Según Matienzo la clave estaba en el origen social y en la educación. Los letrados no compartían el sentimiento de pertenecer a la aristocracia terrateniente y por consiguiente cultivaban un sentido de fuerte fidelidad a la corona antes que a sus linajes, lo que Matienzo juzgaba como positivo. Tampoco se caracterizaban por el despilfarro y el estilo de vida cortesano de los nobles, sino que eran ‘personas graves’, es decir austeros y responsables, lo que transmitía una sensación de moderación. Finalmente, la educación les había permitido tener acceso a conocimientos legales y administrativos, aspectos indispensables para manejar una maquinaria cada vez más compleja compuesta de consejos, chancillerías y juzgados que los Hasburgo habían puesto en marcha. Este tipo de formación y la práctica de los oficios burocráticos les permitía también el cultivo de habilidades como la ‘prudencia’ que para Matienzo eran fundamentales. El jurista sintetizaba sus juicios diciendo que para gobernar sería necesario que el virrey-letrado fuera un ‘hombre virtuoso; cristiano probado y conocido por tal en su niñez, mocedad y madura edad (...) que sea republicano y aficionado a las cosas de la república” (Matienzo [1567] 1967: 199). El oidor de La Plata estaba naturalmente idealizando la posición de los letrados como los representantes naturales del rey; sus reflexiones muestran también la percepción positiva que los hombres de leyes tenían de sí mismos.
 
En la España del Antiguo Régimen los letrados solían ser hidalgos provincianos, miembros de las pequeñas aristocracias urbanas o hijos de comerciantes enriquecidos. Mientras los ‘grandes con títulos’ frecuentaron la universidad recién a partir del siglo XVII, los hidalgos poblaron las universidades desde los comienzos de la revolución educativa castellana en el siglo XVI. Estos últimos desarrollaron un fuerte sentimiento de rivalidad con la aristocracia, dada las ventajas, prerrogativas y privilegios que ella exhibía(29). Como contrapartida a la situación privilegiada de la nobleza titulada, los letrados desarrollaron una literatura que exaltaba sus méritos profesionales. Las reflexiones de Matienzo se inscribían en esta producción, en la que sus autores sostenían que los letrados eran los únicos calificados para conducir con propiedad los asuntos de gobierno y los privados. Ya en 1558, Matienzo había escrito su Dialogvs Relatoris et Advocati Pinciano Senatus en el que dignificaba la función de los relatores de las chancillerías castellanas y por consiguiente de un brazo de la profesión legal(30). Poco a poco conforme el sistema y el mercado legales se tornaran más complejos, otros grupos de servidores jurídicos y administrativos (los llamados ‘oficios de pluma’) emprenderían su propia producción autocongratulatoria. En 1618, Juan de Muñoz, autor de uno de los primeros tratados prácticos sobre la procuración de causas, diría que el procurador debía guardar “cierta calidad y habilidad” y que por tanto su “habilidad” debía ir acompañada de “buen sesso y claro entendimiento” (1618: 1r). Muñoz deploraba que la venta de oficios --una política reiniciada por Felipe II-- hubiera permitido el ascenso de gente inepta a la procuración(31). Su tratado era un manual que sintetizaba las funciones y obligaciones de los procuradores, así como la importancia social del oficio. En esta misma línea, el abogado granadino, Francisco Bermúdez de Pedraza, en 1620, decía que el “secretario del rey” debía “tener habilidades” como escribir y hablar correctamente, tener ingenio y traducir apropiadamente (32) (1620: 40v, 50r.).
 
A pesar de sus propósitos de distinguirse de la nobleza titulada gracias a sus ‘habilidades’ y ‘conocimiento’ los letrados nunca renunciaron a sus sentimientos aristocráticos. Como ‘hidalgos del saber’ formaban parte de un grupo o clase profesional que utilizaba sus títulos académicos de ‘licenciados’ o ‘doctores’ como una especie de ‘don’ aristocratizante, los que anteponían a sus nombres en señal de prestancia social(33) . Francisco Falcón, quien fue un abogado prominente en Lima en la primera mitad del siglo XVI, nunca dejó de firmar como el ‘licenciado Falcón’ ya sea en sus escritos judiciales, cartas notariales o memoriales(34) . La ‘nobleza’ fue también reivindicada como un requisito consustancial para el buen desempeño público. Jerónimo Castilla de Bobadilla, quien había sido corregidor, sostenía que tres son los atributos de un buen administrador: “la primera, sabiduría, porque no se yerre en el gobierno; la segunda, buen linaje, porque no se menosprecie lo mandado y, la tercera, poder de virtud para executar” (1597: I, 102). La pertenencia a un linaje noble garantizaba, según Castilla de Bobadilla, un buen desempeño del futuro corregidor ya que estaba en juego el ‘nombre’ y la ‘buena fama’ del clan al que se pertenecía (1597: I, 103-107).
 
Aunque estos trabajos estaban más orientados en discutir las virtudes del letrado-funcionario, sirvieron para recrear un nuevo discurso en torno a la abogacía(35). Como hemos visto, la abogacía estaba muy desacreditada por su rol en la explosión contenciosa del siglo XVI, la llamada centuria litigiosa. Frente a esta imagen negativa, los letrados reaccionaron señalando que el abogado malicioso (el improbus litigator) era una perversión profesional, impropio de los mandatos éticos que regían la abogacía y que por tanto resultaba injusto confundir todo un estamento con los ejemplos negativos de unos pocos. Mientras que en la literatura y en los estereotipos sociales se decía que los abogados eran unas ‘sabandijas’ casi por naturaleza, la literatura profesional admitió que los ‘malos abogados’ existían aunque enfatizando que éstos debían merecer la condena de sus colegas (Guevara ca. 1620: 27r-27vta). Algunos letrados se preguntaban por la responsabilidad de los clientes en la perversión de la abogacía y en la mala selección de sus defensores. En su Política para corregidores, Castilla de Bobadilla era enfático en decir: “Y puede el litigante elegir al abogado que quisiere para que lo patrocine, y defienda su causa, y sea culpa suya si no buscare al mas docto: como del enfermo que puede si no llamare al mejor médico” (1597: I, 134).
 
El Discurso legal de un perfecto y christiano abogado representa una de las primeras elaboradas réplicas contra la demonización de la abogacía. Su autor, Gerónimo de Guevara, sostenía la tesis que el abogado ‘perfecto y cristiano’ era el modelo digno de imitar en el ejercicio de la abogacía. La ‘perfección’ y la ‘cristiandad’ hacían alusión al cultivo de las virtudes morales en el ejercicio profesional, las que se traducían en el respeto al patrocinado, al sistema judicial y a la justicia, así como en el cumplimiento de ciertas obligaciones básicas. Siguiendo la estructura de los textos de perfección espiritual propios de la Contrarreforma, Guevara dividía su libro en principios y temas morales ilustrándolo con casos y ejemplos así como la mención de los autores clásicos y jurídicos. Apoyándose en Juan de Matienzo, Guevara sostenía que la ciencia y la pericia eran las dos primeras cualidades de todo abogado, ya que gracias a ellas el letrado tiene conocimientos del sistema legal y la sabiduría práctica para aplicarlos apropiadamente (Guevara ca. 1620: 1r-1vta, 3r). Dentro de su código profesional, Guevara decía que el ‘abogado perfecto’ debía cultivar la modestia, evitando la elocuencia innecesaria, la pasión y el uso de expresiones injuriosas (ibid: 6r).
 
Ante las acusaciones habituales que los abogados no perseguían la ‘verdad’, Guevara reclamaba que el ‘abogado perfecto’ debía evitar defender “los pleytos con falsedades” ya que la verdad terminaría por imponerse (ibid: 8r). Los letrados por cierto debían guiarse por la prudencia(36) y evitar el prevaricato. En este último extremo, Guevara citaba casos y supuestos de prevaricato(37) y cómo debía actuarse ‘correctamente’ en el diario ejercicio de la profesión. Melchor de Cabrera Núñez de Guzmán recogió el legado de Guevara y de otros ‘doctores católicos’. En 1683 publicó su Idea de un abogado perfecto reducida a practica, en cuyas primeras páginas Cabrera mencionaba los esfuerzos de estos doctores católicos que “han propuesto documentos muy cristianos, vtiles y provechoso para exercitar con acierto, seguridad, aprovechamiento y destreza la abogacía”(38). Como Guevara, Cabrera creía que el epítome del abogado debía ser el ‘abogado perfecto’, aunque su texto fue más una enumeración de las obligaciones y los privilegios que correspondían a los hombres de leyes antes que un tratado moral como el de Guevara.
 
Las ideas de Guevara y Cabrera Núñez de Guzmán no eran nuevas en términos de cómo los letrados se definían. Empero, estos autores articularon un cúmulo de ideas dispersas sobre la importancia de los letrados y los funcionarios reales que circulaban desde el siglo XVI, proyectándolas al ejercicio específico de la abogacía siendo allí en donde radicaba la originalidad de sus obras. En las solicitudes de oficios que los abogados de la Audiencia de Lima y la Villa Imperial de Potosí elevaron al Consejo de Indias, ellos utilizaron conceptos como ‘prudencia’, ‘honorabilidad’ y virtuosidad’ que fueron pilares en la argumentación de Guevara y Cabrera para hablar de una abogacía dignificada (o cristiana). En 1587, por ejemplo, el doctor Jerónimo López Guarnido, abogado de la Real Audiencia de Lima por casi treinta y siete años y profesor de Prima de Leyes, en su pliego de preguntas señalaba que “benyda la Santa Inquisición a este reyno, los señores inquisidores por la publicidad que avia de mis letras y buena conciençia y por la experiencia que tubieron dellas en de la calidad de mi persona me nombraron por avogado de los presos del Sancto Oficio”(39) . Uno de los testigos presentados por López Guarnido, el letrado Leandro de Larrínaga Salazar(40) dijo de él “que era un hombre de mucha suerte y calidad”. Un vecino de la ciudad, Pedro González de Mendoza señaló que el doctor López Guarnido era “el más antiguo abogado de los desta Real Audiencia” y que tenía un lugar preminente en el asiento de los abogados del tribunal(41) . En 1593, el doctor Francisco de León(42) basaba su petición en la “calidad de su persona” y solicitaba se realizara una información para que el monarca se informara de sus “letras, habilidad y suficiencia y servicios” dado que era “tenido por uno de los buenos y mejores letrados que a avido en esta Audiencia”(43) . Conforme la profesión legal fue creciendo en número, algunos abogados criollos, como el doctor Diego de Orozco (el mismo que se querelló con el oidor Juan de Loaysa Calderón) se apoyaron en los servicios de sus padres(44) y en su educación y conocimiento del Nuevo Mundo. El licenciado Luis Enríquez, uno de los oidores de la Audiencia, declaró que Orozco era un abogado reconocido, que ha defendido “pleytos de mucha importancia” y que ha procedido con “mucha prudencia y sagacidad” (45).
 
Los recuentos de los hechos notables de una ciudad se hicieron muy populares en la Península a partir del siglo XVI. Este género, llamado corográfico, se expandió pronto por el Nuevo Mundo y buscaba exaltar las excelencias y sofisticación de los nacientes centros urbanos (Kagan 1995: 85; Guibovich 1999: 57). Personajes, edificaciones, historia urbana, desarrollo material y cultivo de las artes eran los principales temas que esta literatura abordaba. En esa variada gama temática los letrados ocuparon un lugar central al presentárseles como los vecinos cultos y conspicuos. En 1589, por ejemplo, Hieronim de Jorba en su Descripción de las excelencias de la muy insigne ciudad de Barcelona afirmaba que “los abogados eran las principales personas de la ciudad” (Amelang 1984: 1264). Los roles ‘positivos’ de los letrados como juristas, profesores universitarios y abogados (cristianos) fue recogida por estas obras. Francisco Bermúdez de Pedraza, el célebre autor del Arte legal para estudiar la jurisprudencia, decía que los abogados jugaban un papel muy significativo en su ciudad natal, Granada, en donde se erigía la chancillería. Para que no hubiera duda de la relevancia social de este oficio(46), Bermúdez de Pedraza, decía que “los abogados, que con su doctrina y eficacia de su voz [son los que] defienden la justicia de los pleiteantes, su vida y la de sus descendientes. Pues si alguna [ciudad] tenía necessidad de grandes letrados, era la República granadina, respecto de los muchos y dificultosos pleitos que en ella se determinan” (Bermúdez de Pedraza 1608: 127r). El autor pasó a enumerar a los letrados más famosos de la ciudad, mencionando en especial a quienes habían cultivado el Derecho a través de sus obras jurídicas las que también se encargó de citar (1608: 127vta.).
 
Las ciudades americanas empezaron a ser objeto de atención y descripción corográfica en el siglo XVII. Sus autores enfatizaron la importancia de estas nacientes ciudades con la intención de que no quedaran opacadas en el concierto de la enorme monarquía hispánica. Los temas que sus autores pasaron revista fue el mismo que en la Peínsula, pero con un particular énfasis en la cuestión de las ‘letras’ y la ‘república’ para que no hubiera duda de la sofisticación cultural y el ‘buen gobierno’ de las ciudades hispanoamericanas (Guibovich 1999: 60). El padre Bernabé Cobo, sacerdote jesuita, escribió su Fundación de Lima para ilustrar el crecimiento y la complejidad de la ciudad del Rímac. En su descripción prestó especial atención a los edificios, tribunales y juzgados de la ciudad, así como al personal que laboraba en la Audiencia de Lima del cual hizo una detallada y útil enumeración(47) . También el padre Cobo elaboró un listado de los rectores de la Universidad de San Marcos, muchos de los cuales habían sido hombres de leyes y profesores de Derecho (Cobo [1639] 1964: II, 414). Su ejemplo fue seguido por fray Buenaventura de Salinas y Córdova, quien a diferencia de Cobo había nacido en el Nuevo Mundo y era hijo de Diego de Salinas, el primer licenciado criollo graduado en leyes en la Universidad de San Marcos (Holguín 2002). Como Cobo, Salinas y Córdova se ocupó de los tribunales y juzgados de la ciudad, pero fue enfático en resaltar su criollismo al momento de ocuparse de los catedráticos-letrados de la Universidad de San Marcos, a quienes presentó bajo el epígrafe de ‘Todos los que activamente están leyendo las cátedras de la Vniversidad de Lima, son criollos, hijos originarios del Pirú”(48) (Salinas y Córdova [1630] 1957: 169).
 
Aunque Potosí estuvo siempre asociada a la explotación de la plata, las grandezas de la ciudad no pasaron inadvertidas ni a los escritores ni a sus orgullosos hijos como, por ejemplo, Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela. Aunque Arzáns compartía los prejuicios y estereotipos respecto a los abogados, en algunas de sus páginas presentó a los letrados como ejemplo de la civilización, la educación y el refinamiento de la villa imperial. Esta visión positiva partía de la importancia que para el autor la Historia de la Villa Imperial de Potosí tenía el ‘cultivo de las letras’ y, naturalmente, ‘el buen gobierno’. Citando al padre jesuita Alonso de Sandoval, Arzáns decía que:
 
“No es posible gobernarse ni conservarse bien una republica sin tener letrados ni consentirlos en su ciudad, pues Dios por gran castigo amenazaba que quitará los sabios de Jerusalén, que eran notable señal de quererla acabar. Porque como la naturaleza (añade) está tan postrada y casi acabada, el arte y la sabiduría suplen sus faltas y remedian sus quiebras y la sustentan, pues quitar los hombres sabios de la república es quitar el sustento de ella” ([1700-1736] 1965: II, 295).
 
 
Para ilustrar su confianza en el rol positivo de los letrados(49), Arzáns citaba los ejemplos de los ‘pleytos’ más famosos que hubieron en la ciudad. Dentro de estas causas célebres, el litigio entre don Francisco Bolívar y Sebastián de Estigarribia por unas haciendas de ingenio y minas capturó su atención. Según el autor potosino, el ‘pleyto’ que había durado casi trece años, consumió 60,000 pesos en el patrimonio de ambos litigantes, en gran provecho de “los jueces, abogados y escribanos” y había generado una enorme secuela de pasiones y enemistades en la ciudad. Sin embargo, Arzáns elogiaba el rol de los letrados quienes habían llevado esta disputa con propiedad ya sea como abogados consejeros o como jueces. Pero estos elogios sobre el rol pacificador de los hombres de leyes contrastaba con otros pasajes de la Historia de la Villa Imperial en los que su autor presentaba a los abogados como los cazadores intrépidos en busca de sus aves, los litigantes ([1700-1736] 1965: III, 136).
 
Poco a poco los letrados recrearon una imagen positiva de sí mismos y al hacerlo enfatizaron su sentido de pertenencia a un ‘estamento’ distintivo del resto de la población, así como su ‘incuestionable’ utilidad social. En los siglos XVIII y XIX, la formación de los primeros colegios profesionales en Hispanoamérica sirvieron aún más a estos propósitos bajo los conceptos de agremiación, códigos de conducta profesional, control y supervisión de la legalidad y monopolio de servicios jurídicos. La formación de las nuevas repúblicas hispanoamericanos ofrecieron además nuevas e inéditas oportunidades políticas para esta clase profesional (Uribe-Urán 2000; Pérez Perdomo 2002). Fue sin embargo, en los siglos XVI y XVII en los que se fue creando un retrato idealizado de la profesión legal y un sentido arraigado de su relevancia social que justificaría por que las ‘repúblicas’ requerían, según Matienzo, a los ‘buenos letrados’.
 
Conclusiones

Los tiempos modernos presenciaron el nacimiento de los abogados como una clase numerosa, educada y profesional. Aunque hay quienes, como Magali Sarfati Larson, discuten si los abogados de sociedades pre-industriales pueden considerarse ‘clase profesional’, lo cierto es que en muchos reinos y repúblicas europeas, los abogados eran una colectivo numeroso que había obtenido para sí el monopolio de los servicios legales(50) (Prest 1986). La apuesta de los reyes europeos por unas monarquías centralizadas, la dación de una legislación uniformizadora y el reclutamiento de personal con grados universitarios alentaron aún más la expansión de la comunidad de letrados. En su rol de intermediarios legales, los abogados defendieron a sus clientes en sus juicios, les prestaron consejos para sus acuerdos y ocuparon posiciones judiciales. Esta intermediación y los costos que acarrearon sensibilizaron a la población, principalmente cuando los servicios legales se percibieron como onerosos e inútiles. La litigación castellana del siglo XVI fue el detonante de la mala reputación que los abogados empezaron a ganarse en la Península ya que ellos fueron acusados de alentarla irreflexivamente. En el Nuevo Mundo, los abogados fueron prohibidos de ingresar tempranamente, pero las necesidades jurídicas de la colonización hicieron su presencia inevitable. Fue en el Nuevo Mundo cuando los letrados fueron responsabilizados de actuar como ‘litigantes maliciosos’ y de corromper a los ‘indígenas’ en su ‘afición desmedida’ por los pleitos. También aquí jugaron un papel importante ideas muy corrientes dentro de los administradores como el supuesto ‘menor entendimiento’ de los naturales así como el impacto de la caída demográfica nativa.
 
Frente a las connotaciones negativas de los letrados, éstos reaccionaron dando inicio a una literatura que elogiara su oficio, mostrara su relevancia social y los presentara, además, como ‘hidalgos del saber’ y gente prudente. En esta producción, la exaltación de los oficios de ‘pluma’ del siglo XVI fue crucial para el desarrollo de una creación literaria que en las obras de Gerónimo de Guevara y Melchor de Cabrera Núñez de Guzmán se ocuparon exclusivamente de la abogacía. Esta literatura sobre los oficios de ‘pluma’ nació también como afirmación de la importancia de los administradores y letrados-funcionarios en un periodo de centralización política y de enfrentamiento ideológico entre los letrados y la aristocracia nobiliaria. A su vez, el ensamblaje de estas ideas por autores como Guevara y Cabrera tomaba en cuenta muchas de las concepciones que eran ya corrientes en el léxico y en la propia auto-representación que como clase profesional tenían los hombres de leyes, tanto en la Península como en el Nuevo Mundo, tal como puede apreciarse en los informes de méritos de los abogados andinos. Como toda recreación estas imágenes fueron altamente estereotipadas, aunque se inspiraban en algunos ejemplos reales y concretos. De allí que el ‘abogado malicioso’ y el ‘perfecto y cristiano abogado’ coexistieran como las dos imágenes sobre la profesión legal en los Andes coloniales y sean inclusive hoy parte del humor y la discusión pública (Pásara 2004: 5-7).
 
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*Datos del autor:
Renzo Honores

Florida International University
Department of History
Latin American Studies Association
Las Vegas, 7-9 de Octubre, 2004
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