viernes, 15 de julio de 2011

Deshumalizando a Ollanta:


El triunfo de Ollanta Humala muestra en su partida de nacimiento una paradoja sobre la que poco se ha escrito: ¿Cómo así ganó un candidato que representaba el antisistema y que tenía en contra de él a toda la élite política? Los que desde hace tiempo sostienen que nuestra democracia es formal y precaria veían difícil que el comandante a quien se había estigmatizado como un integrante más de la banda de los chicos malos del barrio pudiera finalmente derrotar a una candidata igualmente popular pero de las derechas y con todo el apoyo del poder político, económico y mediático.

 A este esquema hay que añadir las famosas palabras del presidente Alan García (por las que se ufanó del poder que tenía para hacer que no ganara el que él no quería que ganara) y que el triunfo fue por estrecho margen. Es decir, si hubiera existido el espíritu de hacer fraude, habría sido mucho más sencillo realizarlo en ese nivel de angostura. ¿Qué pasó, entonces?

¿Nos equivocamos los que cuestionamos la fortaleza de nuestra democracia? ¿En realidad nuestras instituciones y la vocación democrática de nuestras élites son mucho mayores de lo que parecen? Ésa es una posibilidad, pero no la comparto. Prefiero cambiar la interrogante y volver a una pregunta cero: ¿Quién ganó las elecciones? O, mejor, ¿quién realmente postuló? Por otro lado, ¿la campaña que vivimos califica dentro de una verdadera democracia?

Demos una mirada rápida al jirón por el que transitó Ollanta Humala antes de las elecciones. En primer lugar, encontramos a la cúspide del Movimiento Libertad, la familia Vargas Llosa. Encontramos también que los últimos puntos de referencia de Ollanta Humala no se encuentran al Norte, en Venezuela, sino al Este, con Brasil. Por más que en el tiempo suplementario un devaluado ex subsecretario de Estado estadounidense haya asegurado que el dinero para Ollanta llegó desde Venezuela haciendo solo escala en Brasil. Sus pruebas no eran insuficientes: simplemente no tenía ni una.

(Apunten lo siguiente: La relación de Humala con Brasil ya era archiconocida y había sido cuestionada por diversos medios, hasta por los más recalcitrantes, desde antes de la segunda vuelta. Ergo, hasta los más antihumalistas sabían que el ritmo de los nuevos tiempos era la samba y no el joropo, y, por tanto, el modelo que tanto les preocupaba estaba garantizadazo.)

Ollanta no solo se esforzó por congregar alrededor de sí a un grupo muy importante de la sociedad civil. Este sector, lejos de apostar por cambios tremebundos, propende más bien al el respeto de la institucionalidad. De igual manera, a nivel internacional un candidato apoyado por los principales gremios profesionales del país y respaldado por una élite intelectual que está de acuerdo con las principales coordenadas del rumbo económico (que es la razón principal de la reticencia del sector más heavy de la élite peruana), resultaba mucho menos conflictivo que una candidata que solo generaba consenso en el sector más oneroso de la clase empresarial.

Álvaro Vargas Llosa contó que desde antes de la primera vuelta Ollanta Humala había definido no insistir con el “plan de la gran transformación”. Hacía mucho había sido persuadido de la inaplicabilidad de sus propuestas de fondo. Por eso la incomodidad de la mayoría de sus voceros para defender un tema estéril. Por un lado, no podían decir abiertamente “no vamos a aplicar este plan”, porque se desprestigiaban ante su electorado primigenio y más fiel. Por otro lado, era muy complicado defender postulados como la desmonopolización de la tv y la reforma tributaria, que afectaban directamente a “grandes ligas”. Propuestas que —dicho sea de paso— en otro contexto y otro país podían aparecer absolutamente normales. Pero estamos en el Perú, pe.

En ese contexto se entiende la acalorada entrevista entre Carlos Tapia y Rosa María Palacios y otras hechas por la periodista a representantes de Gana Perú. Por amor propio, nadie le podía decir “ese plan ya no sirve”, pero, obviamente, no tenían nadita de ganas de hablar de algo que hace tiempo no existía.

Pero detengámonos un momento en ese punto, porque quizá fue decisivo para su triunfo: el “cargamontón” que hubo en contra de su plan de gobierno original y que finalmente fue exitoso. Hubo periodistas que hablaron de adefesio y hasta exhortaron a que Gana Perú lo tirara a la basura. Punto por punto hicieron que Humala corrija toda su tarea. En ese momento el Perú no parecía una república democrática sino más bien un soviet, pero del libre mercado.

Es que en el país no se deja lugar para la disidencia. El pecado del plan primigenio de Humala no era que iba a estatizar algo (cosa que no iba a hacer ni siquiera el 2006); tampoco que iba a afectar la independencia de los medios de comunicación (lo que tampoco iba a hacer), o expropiar cualquier tipo de propiedad (menos aun). La información de Álvaro Vargas Llosa no era exclusiva. Quizá no la manejaba la tercera parte de la población que votó por Humala en primera vuelta, pero sí la gente ligada a los grandes grupos de poder.

El pecado del primer plan económico de Humala era que iba a afectar cuantitativamente una parte de las ganancias de algunas empresas mediante mecanismos impositivos. El modelo económico iba a mantenerse. A pesar de que todo esto era meridianamente claro, la Confiep realizó una cruzada junto a los principales medios de comunicación y la cúpula eclesiástica en la que se hizo lo posible por hacer creer a la población que el crecimiento económico estaba en riesgo.

Lo anterior nos remite nuevamente, como en los 80, en los 90 y en los 2 mil, a repensar en el papel de nuestra élite y volver a decir, como en esos tiempos, y casi desde la fundación de la república: no tenemos clase dirigente, solo dominante. El problema de la república es un problema de parto.

Entonces, esta élite no se reveló en contra de la tendencia de la voluntad popular para defender una democracia amenazada. No obstante ser ésta una broma tan burda, durante la campaña trataron de endilgárnosla mañana tarde y noche. Humala simplemente representaba un matiz; lo patético es que nuestra élite no está para soportar matices ni, mucho menos, para transar.

Humala ha llegado al gobierno con muchos candados de por medio, que hacen imposible mantener los cambios drásticos que anunciaba en primera vuelta en la segunda. Al menos si quería ganar. Y ganó. Borrón y programa nuevo. Claro que García no bromeaba cuando le confesó a Bayly que era capaz de hacer un golpe de Estado para impedir este triunfo. Por supuesto que nada de esto tenía que ver con una ojeriza personal contra el candidato de Gana Perú; tenía que ver más bien con todo lo que él representaba. Cuando esterilizaron a Ollanta, los marcos de la democracia de la que tanto nos jactamos quedaron expeditos para un proceso electoral limpio. ¿Que quien ganó las elecciones?

Pregúntenme dentro de cinco años.


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Autor: Gerardo Saravia

Fuente: http://www.revistaideele.com/content/deshumalizando-ollanta