viernes, 8 de julio de 2011

Mi padrino y un barrio que suelo extrañar.


Recientemente fue el cumpleaños de mi padrino, mi tío Carlos Díaz, el tío paterno que más quiero, el hermano mayor de mi viejo – el tío pololo (en alusión a su tiempo de novio con el amor de su vida, y uno de los míos, - mi madrina Flor Sánchez). Un día antes-28 de junio- lo llamé a las 11:50 pm para poder ser el primero en desearle un feliz cumpleaños. Estaba recostado en mi departamento, fumándome a los tiempos un cigarro premier, aquél que solía fumar con mi gran amigo Lucho Palomino en Cajamarca, estaba algo nostálgico pues en verdad quiero mucho a mi padrino – es uno de los mejores amigos que tengo, un amigo implica constancia en el cariño, una incondicionalidad – él la tiene para conmigo y yo para con él.

Hablar de Carlos Efraín Díaz Gonzáles, es hablar de aquella persona que simple y llanamente dentro de mi familia directa inició el progreso al lado de mi viejo y de mi abuelo. Es él quien primigeniamente contribuyó a que las ilusiones de mi abuelo Alfredo se hagan realidad, desde lograr su tan anhelada fuente de agua para su terreno (aquel que diera de comer a sus hijos menores) hasta contribuir de un modo directo en la formación y transformación del destino de sus hermanos y sobrinos. Sin duda mi padrino y mi padre son los mejores discipulos del buen tío Castinaldo. Yo así lo escribo y nadie me puede objetar ello. Nadie. Ni sus hermanos. Ni mi viejo y eso es suficiente para cerrar el tema ahí. Como dicen los egipcios, así queda escrito, así es.

Ese es mi padrino, aquel gordo bonachón que logró por mérito propio una beca para el colegio centenario San Ramón de Cajamarca, partió alguna vez desde Lajas a la capital con un costalillo cargado de esperanzas, se fajó duro en la vida y pasó desde panadero allá en la hacienda Pátapo a ser un Administrador General de Agencia en el Banco Popular, empresa bursátil que trajera abajo un delincuente japonés.

Gran amigo de mi madre. De niño lo recuerdo en nuestras visitas desde, según él “el sólido norte” a Lima, siempre alcanzándome los juguetes de mi primo Carlos, aunque éste se enojase. Vivía por la Avenida La Paz, recuerdo que en su sala solían conglomerarse todos mis tíos y primos, algunos buscando un refugio, un apoyo, otros buscándolo para tomar un buen wisky, pues eso si en aquel tiempo para muchos mi padrino era “el don”, para mí siempre lo será.

A pesar de que las cosas cambiarían en aquella década de los 90’ cuando un grupo de asaltantes gobernó el país, mi padrino por suerte guardó pan para mayo y con el apoyo de su mujer siguió adelante, fueron a vivir a Carabayllo, lugar en donde vive hasta la fecha acompañado de aquella mujer que cuando lo mira se le sale el alma por los ojos – mi madrina, el primo más inteligente que tengo – “calichi” y su princesa, mi prima “charo”.

Como si la historia se volviera a repetir; aunque en diferente modo, vine a postular para ingresar a una maestría y ello conllevó a que nuevamente un miembro del “clan Díaz” toque las puertas de aquel inagotable familiar que a pesar de algunas limitaciones económicas, jamás me negó su apoyo; por el contrario me colmó de cariño y de fé, aspecto que jamás olvido.

El barrio de San Felipe en Carabayllo es una ensalada social, una conjunción de padres provincianos e hijos capitalinos. Con un mercadito maravilloso, donde encuentras de todo hasta películas que ni aún se estrenan. Ahí en Carabayllo, mi compadre calichi me presentaría unos amigos, Pol (el che), Yuri (demencia) y Alejo.

Se dice que el primer encomendero de Carabayllo fue Domingo de la Presa en 1535 y que dicho distrito se fundaría en 1571, siendo su último dueño el ultimo curaca de Collique, Hernando Nacara. Como sea la historia, el hecho es tal, que cuando arribé nuevamente a Carabayllo, los dueños del barrio San Felipe, eran esos cuatro personajes, cada uno con sus peculiaridades propias.

El che, es todo un personaje. Hijo de un buen trujillano y una dama piurana. Vivía cerca a la avenida San Martín y a 163 pasos contaditos quedaba el “Liverpol” una cantina en donde solo se escuchaba buena música. Ahí hablabas de Calamaro, Hit, Héroes del Silencio, Jaguares, Virus, etc, sin embargo al frente de ésta bailaban Tony Rosado, Agua Marina, Cantaritos de oro y compañía, era todo un contraste musical en verdad. Se puede resumir al che, en un buen hijo, buen padre y fan de los iracundos, así como experto en dar serenatas después de cinco años; en resumidas cuentas un buen tipo. Aquel tipo que me prestó 300 lucas para poder pagar mi postulación a la primera maestría, siempre recuerdo ello con agradecimiento, más aún si la deuda la pagué en prolongadas cuotas.

En la perpendicular a la Av. San Martín vivía Yuri “demencia” para los amigos. Fanático número uno del buen tecno, los cortes de pelo alternativos y fan de los Jonas Brothers, enamorado de su mujer y de sus hijas, experto en dejarse robar autos, pero eso si un amigo sincero y sencillo. Hijo de un gran pelotero cuyo nombre lleva el estadio de Chupaca, que no llegó a la profesional porque le lesionaron la pierna, más nunca su corazón y amor por su terruño.

Por su parte, Alejo es el suegro que todo tipo quisiera tener. Su hija casi tiene su edad, lo digo en el buen sentido pues la niña fue producto del amor de juventud que hasta hoy tiene con su esposa. Es un hombre abnegadamente disciplinado con su hogar al igual que “demencia”, en suma un sacolargo decente, que tiene en la amistad y la sencillés sus verdaderas cartas de presentación. Siempre que lo visito me dán ganas de robarle una guitarra preciosa que tiene, pero como la fama de los abogados está venida a menos, me detengo.

Finalmente, el buen calichi. Mi primo y amigo. Mi llegada a su casa tuvo un efecto positivo y negativo. El primero porque a razón de mi presencia no podía meter mujeres a su cuarto (al que se le llamaba “el maracaná”) para alegría de mi madrina y el segundo porque lo desteté. Con calichi suelo hablar siempre en otro idioma. El chato desde inicial, primera, secundaria y universidad ha sido primer puesto, dicen que cuando lo llevaron por primera vez a un night club en lugar de gritar “viva la vida” gritó “viva la geometría”, así como que su santo preferido era San Pitágoras. Con calichi he pasado innumerables aventuras y puedo colegir que nos parecemos en tres grandes aspectos, el amor por: la lectura, la vohemia y mi padrino.

Cuando, hoy camino por lima en zonas exclusivas, suelo extrañar esa esquina de liverpol, aquel barrio y aquellos amigos con los cuales es un placer hablar de todo en un ambiente de amistad y sencillés, un barrio donde los amigos son hermanos, donde los hermanos son amigos, mucho más si se apellidan Linares, Patiño, Zegarra y Díaz. Cuando almuerzo o ceno en el mejor restaurant de Lima, me suelo acordar de aquella cocina ubicada en el segundo piso de la calle las camelias 148 - Carabayllo, en donde además de prepararse la mejor chanfainita y ají de gallina del mundo, es un placer abrazar con especial agradecimiento y cariño a un señor que se llama Carlos Efraín Díaz Gonzáles, mi padrino.