martes, 13 de septiembre de 2011

Alan enterró al APRA popular!


Suena duro pero es verdad: el mayor legado histórico del segundo Gobierno de Alan García ha sido la liquidación del APRA como partido de izquierda democrática. Un partido que durante buena parte del siglo XX buscó expresar las demandas de justicia social, desarrollo nacional e integración de los pueblos que bautizó como “indoamericanos”. Conjunto de ideales por los que lucharon y murieron generaciones de apristas de toda condición social, y que cohesionaron al partido con mística y sentido justiciero y popular. De ahí la certeza con la que se afirmaba que el APRA era el único partido realmente existente en el Perú. Un partido, principios, organización, una hermandad, una familia.

La liquidación del APRA histórico no debe verse solamente en el terreno electoral sino también en el doctrinario y de proyecto político. Es verdad que en el terreno de la representación política electoral el partido se ha derrumbado. Tiene una delegación minúscula en el Parlamento (4 de 120), ningún presidente regional, y no pudo siquiera presentar candidato propio a la presidencia. Es decir, la inmensa mayoría de los ciudadanos no quieren que el APRA los represente en casi ninguna instancia del poder político. Un rechazo durísimo, sobre todo si se cree que se ha hecho un gobierno exitoso. Sin embargo, lo más significativo es la cancelación histórica del APRA como un partido comprometido con el cambio y la búsqueda de la justicia.

En efecto, más allá de las promesas y el verbo encendido del segundo Gobierno de Alan García y la dirigencia actual del APRA, han girado sin mayores tapujos hacia los intereses de los grupos económicos y el pensamiento conservador, incluyendo el religioso, renunciando a lo liberal en lo político y redistributivo en lo económico y social. La apuesta por las grandes inversiones ha sido prioritaria incluso por encima de derechos adquiridos por las comunidades campesinas e indígenas, sean éstas andinas o amazónicas. La resistencia a cumplir con la consulta previa como demanda la OIT para autorizar proyectos mineros o extractivos son muestra de esto. Lo paradójico es que haya sido un gobierno aprista el que considere a la movilización social y las protestas reivindicativas de los pueblos como resultado de intereses extranjeros y antipatriotas, exactamente la misma acusación que fue esgrimida, entre otras, para declararlo un partido ilegal y condenarlo a la persecución y la clandestinidad.

La transformación del APRA de un partido de izquierda democrática en uno conservador ha sido posible por la falta de renovación doctrinaria y de propuesta política del propio partido, y así se ha dejado el espacio para que líderes como García puedan, con su liderazgo caudillista, hacer y deshacer con la complicidad de dirigentes preocupados sobre todo por el ascenso y la aceptación social. Basta revisar las páginas sociales de las revistas de modas y varieté para comprobar cómo estos dirigentes son caseritos de exclusivos clubes y restaurantes. U otras páginas menos glamorosas, donde los secretarios generales del partido, amén de otros altos dirigentes, aparecen envueltos en faenones o escándalos de corrupción.

Es esto precisamente lo que resienten militantes del partido críticos, como el grupo Vanguardia Aprista de Wilbert Bendezú y Jesús Guzmán Gallardo, líderes provincianos que prefieren abandonar el partido para construir sus propios movimientos regionales, u otros que han participado activamente de la campaña en favor de Ollanta Humala (bases del Callao, Lima y La Libertad), como reconoce con valentía el dirigente aprista Luis Salgado en su artículo “El APRA popular y Ollanta Humala”).

Según Salgado, la militancia aprista de base votó por el nacionalismo y castigó a la dirigencia “usurpadora” (en sus palabras) debido a que “[…] las propuestas de política económica y social de Ollanta Humala, las banderas de justicia social, la defensa con dignidad de lo nacional, y la búsqueda de la integración de América Latina por un Estado democrático y popular, sin corrupción, coinciden plenamente y son banderas históricas del aprismo de Haya de la Torre” (www.generación.com). ¿Cómo conciliar esta posición con la de la cúpula del partido, que en voz de Javier Velásquez Quesquén anunció que votaría por el fujimorismo? Quizás en esta diferencia de opiniones se encuentre la clave para explicar la exigua representación aprista en el Parlamento y el voto nacionalista en el otrora “sólido norte”.

Sin embargo, lo que mejor explica el abandono de la esencia del APRA es la serie de artículos escritos por el presidente García titulados “el perro del hortelano”. En efecto, desde los escritos fundacionales de Haya, sobre todo El antiimperialismo y el APRA (1936), hasta elaboraciones más concesivas con el capitalismo como Treinta años de aprismo (1956), el APRA se ha definido como la expresión doctrinaria y organizativa de los trabajadores manuales e intelectuales. Una identidad y compromiso que se renovaba cada año en las celebraciones del Día de la Fraternidad o en otros eventos partidarios.

Los escritos fundacionales tienen un fuerte sentimiento antiimperialista generado por el avance de las empresas extranjeras en América Latina y el legado de la Revolución Mexicana. También por la defensa y nacionalización de recursos naturales (petróleo y tierras), y por el reconocimiento de los derechos de los trabajadores, los campesinos o el indio y el pueblo. Ideas fuertemente enraizadas en la identidad aprista y que sirvieron para orientar la acción de los compañeros militantes en sucesivos procesos electorales, intentos revolucionarios y años de clandestinidad.

Los escritos moderados, por su lado, surgen después de 1945, cuando el APRA recupera la legalidad y busca integrarse al sistema político. Para ello Haya modera su antiimperialismo y descubre el lado positivo del capitalismo. De ese año es el famoso discurso de la Plaza San Martín, donde afirma: “No deseamos quitar la riqueza a los que la tienen sino crearla para quienes no la tienen” (20 de mayo de 1945). Un discurso que exige lealtad y cohesión al pueblo aprista para mantener la promesa del futuro diferente que resuelva los problemas sociales irresueltos por generaciones. Al respecto, uno puede discrepar de las alianzas que el partido realizó incluso con sus propios perseguidores (la llamada “Convivencia” con Odría), pero debe reconocerse su adhesión a los principios de la izquierda democrática.

Esta situación se cancela cuando Alan García desarrolla una gestión de gobierno orientada por la visión del “perro del hortelano” (El Comercio). Una gestión alineada con la creencia de que solo la promoción de inversiones sobre determinados recursos naturales (los bosques, la tierra, los minerales y el mar) desarrollará el Perú. Para ello se minimizan o desconocen consideraciones ambientales y sociales, y se califica a aquéllos que las reclaman como atrasados, ignorantes y manipulables. Una opinión patética de los peruanos de los Andes y la Amazonía, que “no saben lo que tienen o no saben administrarlo”. En otras palabras, verdaderos “perros del hortelano” que no comen ni dejan comer. De acuerdo con este discurso, el Estado debe renunciar a su rol de garante institucional del funcionamiento de la economía y de los derechos afectados de los ciudadanos. Nada más alejado de la doctrina aprista.

La historia es dura. Alan García, hijo de un militante perseguido y encarcelado por su lealtad a la doctrina partidaria, es el que cancela este legado, produce una derrota electoral inimaginable para un Gobierno económicamente exitoso, y opta por convertir al APRA en un partido de derecha conservadora.

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Por Aldo Panfichi.

Fuente: www.revistaideele.com