miércoles, 8 de febrero de 2012

El Jefe

Seis de la mañana y era normal escuchar el maullar proveniente de los techos vecinos, allá en Chota, cuna de las rondas campesinas del mundo. No obstante el inconsciente insomnio de la madrugada nos decía que luego de aquel ruido se escucharía aquella frase: ¡a levantarse soldados!, alocución con la cual el Jefe disponía que un día más de lucha y forjamiento de sueños, empezaba.
En mis recuerdos de niño, el Jefe viene en una imagen llena de solercia. Plantado con el uniforme de la Benemérita Guardia Civil del Perú y sus zapatos llenos de brillo, porte recto, la línea del pantalón bien definida y con sus infaltables lentes Ray Ban. El Quepí, la gorra con aquellas insignias, tan brillantes como el sol.
El uniforme impregnado de gloria, quien lo portaba, impregnado de dignidad, de humanidad y de respeto.
¡Esfuerzo y estudio, aprovecha lo que yo no tuve! solía decirme, aquella frase ha calado hondo en mi vida y en mi doctrina.
Solía hablar mucho de su madre, la describe como la mujer más importante de su vida, es un placer verlo decir aquella máxima, con una convicción semejante a la de Heraud cuando decía “mi patria es hermosa como una espada en el aire (…) yo la defiendo con mi vida”. De su padre, con frases escuetas pero profundas, a veces se recrimina “no lo comprendí”, “tuve un padre de lujo carajo”…Me contó que una vez se escapó a la selva a trabajar porque sacó un rojo en la libreta, tenía tan solo 11 años, agrega que luego de unos días de fuga, su papá lo encontró en las siembras de arroz cercanas a Chamaya, allá por Jaén…lejos de huir, me expresó, que se acercó ahí donde se encontraba su progenitor montado en su caballo, para su sorpresa, cuenta con elocuencia y nostalgia, que en lugar de ser recriminado su papá éste le extendió la mano y le dijo “sube, a donde irás que no te encuentre, el mundo es un solo potrero”…
…quizás ese es el destino de todo soldado incluido de los desertores, incluido todo hijo …esperar envejecer para entender en muchas cosas al viejo…
Siempre me brindó un trato diferente que el resto de la compañía. Gracias a Dios la tropa nunca se ofuscó y por el contrario han hecho en su corazón, de dicha actitud teñida de injusticia, una cualidad.
Hechos y frases muy puntuales me suelen explicar el porqué de mi formación, de mi orgullo y/o de mis complejos. Recuerdo que en aquellas ceremonias de entrega de cordones de brigadier (primaria y secundaria), al ponerme la insignia, me decía “no agaches nunca la mirada, eso queda para los cobardes, ni a mí me la bajes, bájala solo a tu madre, solo ella merece tan noble gesto”, no se equivocó.
En la entrega de diplomas de mérito en aptitud académica, con el rostro fruncido, pero lloroso, quizás de alegría, quizás de orgullo, sujetando mis hombros y con mirada fija me ordenaba:  “sigue así, algún día serás general”, se equivocó; hubiera sido feliz de haber podido tener aquella vocación y así darle una satisfacción que en su momento deseó.
Asimismo, cuando me castigaba solía increparme ¡me tienes cojudo, prefiero matarte que verte fracasar!, bueno, en ocasiones, lo hacía después de que mínimamente hubiera ejercitado mi cuerpo como bolsa de box…incluso luego de haber sufrido el escozor de los botones de cobre adheridos a su correaje de policía. Hoy le agradezco por ello.
Sin embargo, existe un mandato que siempre lleva la pauta en mi camino – aquella que dice: “cuando vayas por la vida, paso corto, vista larga y siempre mal intencionada”. Una vez le pregunté la extensión y significado de la frase. Me contestó: “paso corto porque no siempre el tracto largo implica avanzar de la mejor manera, el paso corto es la cautela. “Vista larga” implica que tus acciones deben estar encaminas a más allá de lo evidente, que tus actos sean entendidos completamente solo por ti – es lo impredecible que debes ser y “mirada malintencionada” porque todo hombre que se respete como tal, solo genera confianza a partir de su desconfianza con los que recién conoce.
El jefe…así de hijo, así de hermano…así de padre, así de hombre místico.
Nunca le aguantó nada a nadie, bueno solo a sus progenitores, dos humildes y sabios campesinos – algo que lleva con orgullo. Dicen que una vez, siendo policía, casi le dan de baja, cuando absolutamente ebrio se había puesto a gritar “Viva Cuba Carajo”. En aquella oportunidad al parecer le abrieron proceso disciplinario, incluso fue objeto de reglaje, lo sabía porque también trabajó en el Sistema de Inteligencia Nacional. Quizás el icor de la cerveza había despertado lo extrovertido que puede ser el pensamiento de vanguardia…y es que es innegable que en el corazón de un policía o soldado, también late el corazón aprisionado de un político…
Sin embargo, la templanza de la subordinación se resquebrajaba cada vez más en el Jefe. Se dio cuenta muy a temprana experiencia en su institución, que el superior a veces no le llegaba ni a sus talones; así evidenció en los estudios superiores una salida elegante a su restringida libertad de pensamiento, por cuestiones institucionales. Ni las órdenes de inamovilidad, o marchas de campaña improvisadas, incluso balas; pudieron evitar que concluya estudios superiores en Educación y se gradúe como docente.
El Jefe…alguien que ha querido siempre a sus subordinados renunciando a todo; incluso esperó que su coronel fuera ingeniero, el comanche abogado, el mayor ingeniero y el capitán arquitecto, para poder incursionar en la abogacía, y con éxito - al punto de haber concluido un máster en Derecho Penal y Criminología…
El jefe…es como mi abuelo, peón de su chacra - patrón de sus sueños…el centro de identidad en sus hermanos…y el amor imperecedero de una dama, la más bonita y tierna por supuesto…el ejemplo de la tropa…
Él me ha enseñado muchas cosas, desde manejar un auto  hasta un ómnibus, de ser trabajador a hacer empresa, de tener la frialdad de un adulto pero con el corazón de un niño, de entrar a una iglesia pero también a un burdel, me ha enseñado que incluso uno puede caer en ser infiel, pero jamás en ser desleal; porque como él dice nada en el mundo es absoluto, lo único que en el mundo es absoluto, es lo relativo.
El Jefe es como el viento, está en todos lados, en la soledad de mis cuestionamientos, en mi impulso al tomar riesgos en la vida, en mis sueños, su rostro está en mi bandera peruana…impregnada de amor, de libertad, de desafío, de insurrección, de grandeza…Es el compás de mis actos y la escuadra de mis valores…el motor de mi vida, Dios sabe que soy capaz de arrancarle sus entrañas a quien le hiciera daño.
El Jefe: Segundo Díaz González, mi viejo, mi amigo; aquella persona para quien solo significo lo bueno.