miércoles, 5 de septiembre de 2012

La Mamá Nelly.

Son las doce de la noche, acabo de llegar a mi departamento, luego de haber compartido un bufete en “la Bistecca”, un local muy bonito en el corazón de San Isidro – la zona corporativa del país, he comido tanto chorizo, bife, chifa, hasta un dulce muy bueno “volcán de dulce de leche”, una mezcla de keke con manjar blanco caliente, una delicia en verdad; en pocas palabras he comido hasta el hartazgo, siento ser un bendecido en la vida, el esfuerzo ha valido la pena; sin embargo la tranquilidad de hoy, no solo me da calma en esta noche de neblina miraflorina, me produce también nostalgia respecto de aquellos tiempos en que si bien no tuve algunas cosas materiales, fui feliz por el amor que me dieron personas que siempre estarán en mi corazón.

En verdad, un buen restaurante provoca cierto placer por el cual pagas, pero la comida dada con amor, no sujeta a giro negocial, produce cariño, felicidad y agradecimiento perpetuo, por eso siempre uno tiende a extrañar a su hogar, en este recuerdo la figura de mi madre, mi Lady Rosa, sobresale solloza con esa mirada de amor y de fe que nunca otro ser humano podrá brindarme y por el cual siempre tendré algo que escribir hasta el ultimo suspiro de mi vida.

Pero hoy en esta noche, se me viene mucho el recuerdo de la mamá Nelly, una noble mujer que en tiempos determinantes de mi juventud, supo ser un péndulo de tranquilidad y calma, ya sea a través de un consejo, una sonrisa, una bonita amistad y un apoyo incondicional, incluido un plato de comida lleno de cariño.

Si bien he tenido los mejores padres del mundo (quienes me apoyaron en todo momento a medida de sus posibilidades), su apoyo no siempre supo copar todas las necesidades que tuve. En el pre grado, estudié lejos de mi casa y el tema de la pensión siempre fue un tema aparte, mucho más en un tiempo en donde el negocio del viejo no andaba bien, a lo cual se sumaba que éramos cuatro hermanos, los cuales estudiábamos Ingeniería, Derecho y Arquitectura; por lo que mis padres, (una profesora de primaria -la más bonita de todas y un decente Guardia Civil) tenían que ajustar equitativamente sus apretados ingresos.

En aquel tiempo de la Universidad, a razón de un premio divino, conocí a la Mamá Nelly, una mujer de ojos verdes plomizos, que cuando te miran provocan fe en el mundo, de sentimientos puros, lejana de cualquier compromiso con lo banal y material, de andar pausado y a veces distraído, eterna enamorada de un Guardia Civil (Un Sinchi del Perú –un águila de la 48 base Mazamari para ser exactos y a quien es un honor extenderle la mano)

De piel blanca, como una sábana de maná; sus cabellos castaños, de talla mediana y sin temor a equivocarme centro de la ternura familiar de su ámbito sanguíneo. En los cerca de ocho años que me permitió entrar en su vida abriéndome las puertas de su casa, pude conocerla y ser testigo a través de ello como Dios permite la existencia de gente plenamente buena.

Solía y me imagino aún seguirá levantándose por la mañana ha hacer el desayuno matutino, con ese café pasado o su Nescafé, que nunca probé amargo y que a veces era el mejor complemento de un calentado. Las veces que llegué por la mañana a su casa, siempre aquella cocina tuvo un asiento para mí, creo que siempre supo que la comida del comedor universitario o de las pensiones de paso tenía dos cualidades: o no te gustaba o no te llenaba, siendo esta ultima cualidad la más cotidiana.

De sus almuerzos, en mi memoria y en el fruncir gustoso de mis encías está su menestrón (con ese tinte verde, menestra, verduras y carne), su arroz a la sartén (con su papa frita revolcada con arroz y carne) o su adobo (en vinagre ajo y pimienta, con rodajitas de zanahoria); todos ellos platos con sus debidos secretos que nunca conocí, sinceramente únicos, con el perdón de mi madre.

¿Cuántas veces habrá gastado adicionalmente para poderme brindar este gesto de cariño?, ¿cuántas veces incluso de su propio plato me invitó algo delicioso? - jamás lo sabré, no podría contar esos momentos, solo se que han sido muchísimas veces, motivo por el cual se hace un nudo mi garganta al escribir este párrafo, tan solo miro al cielo buscando algo de luna en esta neblina para quizás a través de ella pueda mirarla desde aquí, lamentablemente físicamente no puedo, pero mi corazón siempre la encuentra como esta noche.

Mi mamá Nelly…ni ella se imagina cuanto cariño le tengo, cuanto agradecimiento le profeso, cuanto la extraño.

En esos eventos gastronómicos de su hogar, complemento ideal siempre fue la conversación con sus hijos, sobrinos y esposo (personas maravillosas que tienen también mi corazón en sus manos y de quienes escribiré estoy seguro en una noche de nostalgia como hoy) quienes destilaban recuerdos familiares o chistes que simplemente sazonaban con risa el buen menú de mamá Nelly, que se refrescaba en muchas ocasiones con una gaseosa “Fanta”. Lógicamente habían momentos especiales adicionales como el “frito” de doña Yolita, los estofados de doña Shelly o las menestras de doña Miriam, a quienes les tengo un cariño muy especial, por lo damas y amigas que fueron conmigo.

Definitivamente los almuerzos en casa de mamá Nelly, fue el más sano y bondadoso medio o momento, que me permitía distraerme de la pena que provocaba el estar lejos de mi casa, era un momento espiritual, luego del cual pasaba a la vida cotidiana y profana de un estudiante en tierra ajena.

Asimismo, la mamá Nelly siempre fue mi amiga, era el consejo necesario, sin que se de cuenta ella logró muchas cosas en mí, de pasar a ser un muchacho desenfrenado y resentido con su padre, con sus consejos, se despertó en mí las ganas de mejorar, así como una valoración de mi figura paterna. Ella también me curó varias veces cuando me enfermé lejos de mi casa, sobre todo en los momentos que me dolía mucho mi columna.

La mamá Nelly, si estaría en este momento a mi lado me pediría que toque una canción de Nicola Di bari (le cantaría “Liza de los ojos azules”, “Mi corazón es un gitano” o “El ultimo romántico”– caerían propicias), sé que también me pediría cantar “Puelo mío” de José Feliciano, para abrazarnos en el hermoso recuerdo de Lucho Palomino (su hermano) quien iluminaba las serenatas con su voz y guitarra, mi amigo Lucho Palomino, después de mi abuelo Alfredo, el señor más varón que he conocido, cuánta falta me hizo en un momento crítico de mi vida, para él tengo unas líneas especiales.

La mamá Nelly, es el corazón central de un linaje que viene de Cochán (un sitio hermoso como Tongod), es una madre, esposa y abuela maravillosa, que me abrió las puertas de su corazón con gestos de vida y para quien profeso un amor inquebrantable, tiene un nombre: Nelly Palomino Celis, para ella mi corazón y cerebro nunca tendrán alzheimer, pues el amor nunca sufre de olvido.