martes, 11 de diciembre de 2012

El fútbol y la Administración Pública.



Según los entendidos la historia del futbol se remonta a milenios. La mayoría de culturas ancestrales, de una manera u otra han dejado vestigios de juegos con sus características. Según Liu Bingguo tendría una antigüedad de 5000 años cuando en China gobernaba el “Emperador Amarillo”, amparado en los escritos de las dinastías Ming y Hant. En el nuevo mundo tiene sus antecedentes en los Araucanos, quienes denominaban Pilimatun a un juego de sus características. Todos estos antecedentes del futbol estaban relacionados al manejo individual de un balón. En Grecia en el año 400 d.c se llamaba Enmisquirum, y en Florencia “calchio” con connotaciones de juego colectivo, etc. Así el futbol es parte cultural de la humanidad.
 
Si bien es cierto la política tiene la misma connotación - como concepto lato, la historia del manejo de la “cosa pública” o res publicc ha tenido desde sus orígenes una exigencia común con la noción actual de futbol – la de colectividad en su proceso, vale decir ambos, el futbol y la administración pública como noción subjetiva implican una colectividad de operadores.
 
Recientemente, por una serie de motivaciones – personales y profesionales, renuncié a ser Director de Personal de un Ministerio del Estado. En mi modesta trayectoria profesional de 10 años puedo resumir que en el Poder Ejecutivo me desempeñé como Asesor de Alta Dirección, Director General y Director Sectorial (este último cargo gracias a la oportunidad que me brindó el actual gobierno, por lo que con suma modestia puedo decir que di lo mejor y estuve lejano y de manera frontal contra la corrupción, a los 35 años no tengo envejecida mi alma, ni mis ideales de patria). 
 
Pero a razón de esta experiencia en los diferentes niveles de la administración pública, en mis horas de ocio forzadas, mirando las noticias relacionadas al deporte, me pregunté sobre las similitudes que el futbol y la administración pública tenían, al punto de demostrarnos su situación actual. 
 
El fútbol, como la administración pública se rige por el principio de legalidad (léase la Ley N° 27444 Ley del Procedimiento Administrativo General o estatuto de la Federación Peruana de Futbol y de la FIFA) según él, todos sus operadores deberían actuar con respeto a las normas y/o leyes, dentro de las facultades que le estén atribuidas y de acuerdo con los fines para los que les fueron conferidas. 
 
Sin embargo, en nuestro alicaído futbol peruano, este principio sería violado constantemente, vale revisar como prueba de ello, el sistema eleccionario del presidente de la Federación Peruana de Futbol, el cual a pesar de ser totalmente irregular, está amparado en un estatuto aprobado por un grupete de negociantes con  amor por el dinero, no por el deporte – su fin esencial. 
 
En la administración pública, los directorios de las empresas estatales, no están ajenos a actos de ilegalidad, verbigracia trascendente el “escándalo de los petro audios”, donde un senil corrupto miembro del Consejo Directivo de PETROPERU (de estos viejos seniles y morbosos abundan en la administración estatal) coludido con un “gestor de negocios” y una empresa transnacional materializaron un ilegal proceso de concesión petrolera. Sin embargo, está probado que estos viejos funcionarios dan vueltas y se mantienen en la función pública, entronizados como los dirigentes de  nuestra Federación Peruana de Futbol. 
 
Pero, en el caso del futbol, el caos no solo proviene de los directorios, lógicamente los futbolistas constantemente están inmersos en escándalos que van desde aspectos de cuestionabilidad moral a legal, como por ejemplo el régimen de indisciplina de los mismos. Según el “científico del deporte” Pillip Butters, los “tres fantásticos” (Pizarro, Farfán, Vargas, sobre todo el primero), ponen la agenda al entrenador Markarian; vale decir el “representante” de los jugadores pone las condiciones mínimas como para que el entrenador pueda durar en el cargo, a pesar de que por cuestiones morales, curriculares o legales estén impedidos de hacerlo. Lógicamente, el entrenador tendría que tomar una postura llena de solercia, pero a veces el tener el billete en el bolsillo, justifica para algunos, hacer de lado sus principios, para “trabajar en equipo”, aunque ello implique lesionar los sueños de toda una nación. Lógicamente cuando ya no se vende, viene lo inevitable: de las loas a los jugadores, a su crítica y el cambio de entrenador. 
 
En la Administración pública, este fenómeno de abuso no es la excepción. Conocida es la actitud de algunos “dirigentes sindicales” (sobre todo los de la vieja cuña – de los dinosaurios sindicales) que se presentan ante la autoridad estatal para ponerle la agenda, la cual como mínimo exige darle las facilidades para que se registren y luego salgan a hacer sus “asuntos sindicales”, no decirles nada, enviarlos de viajes a congresos internacionales, no descontarles a si hayan faltado injustificadamente, dejar en su manejo total de los fondos económicos de los CAFAES, ser intocables de cualquier acción disciplinaria así infrinjan los reglamentos internos, entre otras acciones. Evidentemente, como en el futbol, el director condicionado, tiene dos caminos o llevar la fiesta en paz, vale decir que todo siga igual o hacer reforma de manera imparcial. 
 
En ambos campos, en esta situación de chantaje; tanto en el futbol como en la administración pública, hay un factor relevante en común, la Jerarquía. Vale decir, así como en el futbol hay un entrenador y sobre este un Presidente de Federación del cual depende su contrato, en el Poder Ejecutivo, sobre un director de línea existe un director general o un Secretario General. Si el superior jerárquico comparte la visión de cambio que tiene el director de línea el proceso de reforma se consolidará, pero si a este solo le interesa estar bien con todos para seguir en su puesto, así ello implique que todo se mantenga igual; aquel operador idealista del cambio si es consecuente con lo que piensa, no durará mucho en su puesto; lamentable pero cierto, a pesar que el principio de legalidad exige que tanto en el futbol como en la administración pública se sancione a quien vulnere las normas que lo (a) rigen. Así puede explicarse cómo sigue Burga de Presidente de la FPF y cómo sigue Markarian de entrenador. 
 
Por otro lado, en nuestro futbol (diferente al europeo) y nuestra administración estatal; SALVO HONROSAS EXCEPCIONES, su proceso de acción no está exenta de favoritismo indebido, en donde cada uno de sus operadores valga por su talento, su eficacia, su habilidad; en donde estos elementos justifiquen su pertenencia a la organización.
 
En nuestro futbol el apellido cuenta; en el ejecutivo también; a pesar de que este es intrascendente en un proceso de meter goles o de elaborar de estudios de inversión o actos de gestión pública de calidad. En el caso del futbol, este aspecto es más notorio en la liga profesional, en el caso de la administración pública, en algunos sectores del ejecutivo, en donde se mantendrían vigentes relaciones laborales a pesar de que nacieron de actos de nepotismo ya sean directos o indirectos por ejemplo.
 
Asimismo, la diferencia de trato por cuestiones extras a las curriculares, se evidencia en el pago de honorarios. En el futbol una cosa es el sueldo que gana Pizarro y otra Paolo Guerrero a pesar de que ambos son delanteros, el primero gana más a pesar de que el segundo es mejor y más comprometido con su camiseta. En el ejecutivo esta diferencia remunerativa se da constantemente.
 
Los directores de línea por ejemplo ganan en función a quien los designó, al grado de amigabilidad, sin tenerse en cuenta curriculum, nivel de responsabilidad y alcances del proceso de toma de decisiones, a pesar de que hoy existen normas que regulan la contratación de personal altamente calificado, como por ejemplo la Ley N° 29806 su reglamento y modificatorias.
 

En los Ministerios hay asesores que ganan mucho más que directores, a pesar de que los primeros no tienen nivel de responsabilidad funcional. En los Ministerios que conforman el ejecutivo los sueldos de funcionarios se determinan, en su mayoría, en función al nivel de llegada política, de la “vara”, existen diferencias incluso a pesar de tener el mismo rango. 
 
Por otro lado, en el futbol peruano para que un equipo pueda jugar en la profesional debe ganar la Copa Perú. Lamentablemente cuando esta se gana, aquel dirigente de tercera que logró acceder al nivel deportivo superior deja de lado a la mayoría de integrantes o jugadores que lograron el objetivo: el argumento lograr la aceptación de los sponsors y generar confianza en que su organización se mantendrá, cortando de manera ilegítima proyectos de vida de deportistas que podrían consolidarse como referentes en sus pueblos.
 
En la Administración Pública hoy pasa lo mismo. Con el cambio de gobierno, suele darse el estancamiento (arrinconamiento) o aislamiento de profesionales, técnicos y/u obreros que contribuyeron al sueño de llegar al poder para generar un cambio (entre ellos partidarios y no partidarios) a pesar de que muchos de ellos reúnen las condiciones y requisitos de acceder a una oportunidad que les permita contribuir a la ansiada transformación de la patria y servir de ejemplo para juventud, contribuyéndose a la generación de nuevos líderes. Sinceramente, esto me da mucha pena, no lo niego, a veces rabia; pues como diría Gabriel García Márquez, uno puede ser infiel pero nunca desleal, eso si hay que dejar en claro que amistad no debe ser sinónimo de complicidad. En suma, como crítica constructiva debo decir que a veces no se promueve a quienes caminan derecho y tienen las condiciones para ser promovidos y que lucharon or los lineamientos básicos de un gran cambio.
 
Finalmente, de los puntos en  común, entre nuestro futbol y el ejecutivo; quisiera hablar del público. En el caso del futbol lo entenderíamos como el hincha, en el caso del ejecutivo, como el usuario.
 
En el futbol, las barras bravas (los “representantes de quienes aman al equipo”) exigen la salida de los jugadores cuando estos no comulgan con sus intereses o cuando critican su actuar delincuencial o sectario. Es innegable que las barras bravas y sus representantes, a pesar de tener antecedentes totalmente cuestionables, tienen injerencia en el proceso de toma de decisiones de los clubes. 
 
En el Poder Ejecutivo Peruano, la toma de decisiones está impregnada de aspectos mediáticos y de presión de intereses privados (administrados externos), desde designaciones de sus titulares hasta condicionamientos de algunos dirigentes sindicales corruptos (que tanto daño le han hecho al histórico movimiento sindical nacional); ello explica por qué desde centros de reclusión se fabrican campañas de desprestigio, porqué existen reos que condicionan a jefes de penales, de porqué dirigentes sindicales condicionan a directores, porqué usuarios exigen la designación de funcionarios.
 
Si esta es la realidad del Poder Ejecutivo, las similitudes con nuestro futbol expuesta, ¿explicaría por qué nuestros estadios están cubiertos de mallas presidiarias en donde si queremos ver el partido debemos convivir con delincuentes que te podrían asaltar al finalizar el mismo o personas que no les interesa el deporte nacional (por ende la patria) sino la venta descomunal de Coca Cola (a pesar de las propugnadas campañas anti diabetes), publicidad de marcas – beneficio del interés privado sobre el público? 
 
Considero que sí y eso me apena.
 
Despertemos!, ya no iremos al mundial de Brasil. No hablemos de cambio cuando este no existe. Reflexionemos, aún hay tiempo.