sábado, 8 de junio de 2013

CALICHI

Si a mí me dicen el consentido de la familia, me pregunto ¿cómo se podría definir a mi primo hermano Carlos Federíco Díaz Sánchez – Calichi?, definitivamente no es fácil.

Si consideramos que en el ambiente familiar se entiende por consentido a aquella persona cuidada y  mimada con esmero, el cual goza de cierta “preferencia” paternal respecto de los demás miembros de una prole; calichi sería un consentido al cuadrado, no obstante considero que el  trato especial que tiene desde niño, se lo ha ganado por su originalidad y calidad de ser humano, que descansa en esa sólida y hermosa base de la imperfección que todos tenemos.

Calichi nació en Lima (la ciudad de los virreyes – he ahí la primera razón de los complejos de mi compadre – así lo suelo llamar), complejos que todos tenemos, pero que en calichi suelen verse como cualidades diferenciales que no le hacen daño a nadie y por el contrario tiñen de originalidad su personalidad.

Desde niño un mimado completo, hoy mis recuerdos me llevan a esa casa en la Avenida la Paz – Callao, en Lima, tiempos en que muchos agasajaban y visitaban a su viejo (mi padrino) – eran tiempos de opulencia y por lo general en ellos  todos son amigos – lamentablemente el tiempo que es el mejor juez de la lealtad, le enseñó ásperamente al mejor de mis tíos que no todos lo quisieron como el quiso. En esa casa había una sala grande y al costado de ella un cuarto repleto de juguetes, un cuarto hermoso, yo tenía seis años y me deslumbré al verlo, las aproximadamente veintiséis horas que demoré en arribar a Lima desde Chota valieron la pena. Las paredes color blanco humo con atisbo de rojizos en las bases, un cuarto completamente ordenado pero repleto de dibujos y juguetes, desde soldados hasta armas de plástico y en donde asomaba como una maravilla ante mis ojos un tren de control remoto, impresionante para alguien que hasta esa fecha había jugado con “chungas” - entiéndase canicas o a los carritos; él, te mostraba sus juguetes modernos como algo común ante alguien que estaba embelesado, al principio debo admitir no le gustaba compartirlos para jugar con ellos, llegaba incluso a encerrarse en su cuarto, dependía de su carácter para que te los prestase, así terminé por pelearme con él por consejo de mi Tío Fermín allá en el Parque de las leyendas cuando este me quitó  su pelota, por suerte el tiempo ha hecho que la envidia sea su peor enemiga de mi compadre.

Definitivamente muy estudioso, al punto que llegó a independizarse económicamente desde sus 17 años cuando empezó a forjarse camino como uno de los mejores profesores pre universitarios de Lima, por lo lo cual fue premiado posteriormente con su incorporación a la academia nacional de matemática. Antes el chato ya había demostrado su habilidad con las ciencias en el Jean Piaget de Carabayllo, colegio en el cual pude estudiar pero no lo hice por las decisiones apasionadas de mi viejo. Ahí en el Jean Piaget mi compadre era uno de los mejores estudiantes, pero tenía en común conmigo que no era un Nerds, andaba con Yuri el popular demencia y Pol más conocido como el Che, ésta triología discotequera, amante de los peinados exorbitantes, del trago caleta y de las mujeres prohibidas hizo de las suyas. El chato era una vedette sin lugar a dudas, le saltaban las trenzas cuando escuchaba un buen techno – esos de los noventa para ser exactos, peor si escuchaba unas de Ace Of Base; eran tiempos de Patricia, su primer gran amor; lamentablemente suele ser que la mujer del estudiante no llega a ser la esposa del profesional.

Sin embargo, es recién a partir del año 2003, en donde con mi compadre caminé por la calle de la vida, el mundo de los sentimientos y la razón de las penas. Había llegado a Lima a estudiar mi primera maestría; él conjuntamente con mis padrinos (sus padres) me cobijaron en su casa, ahí en la calle Las Camelias Nº 148 de Carabayllo, un templo del amor y del cariño, en donde una dama llamada Flor Sánchez Gularte siempre me espera con un abrazo, una sonrisa, una mirada de ternura plena, la mejor chanfainita y la mitad de una zandía – como quiero a su madre – mi madrina, para quien siempre seré su pepino, una mujer maravillosa que incluso a llegado a calentar la gaseosa para que mi compadre no se enfermara, eso si debo ser sincero en que a veces su ternura a llevado a que mi tía exagere en su demostración de amor para su consentido como cuando lo vistió de cura para su primera comunión, la foto de ese magno evento fue debidamente destruida por cierto – y todos saben quien lo hizo. En este lugar la sala era de la “canela”, Charo – mi prima tenía su cuartel de secretos, mis padrinos su lecho eterno, Julia - “la petiza” su bunker alcohólico y Calichi tenía como habitación “el Maracaná”, nombre que calzaba a su cuarto en toda la perfección por los “partidos”, los “golazos” de media cancha, de costadito, de hoja seca que en aquel lugar se hacían; ahí hasta el árbitro cometía faull, los recoje bolas eran directores técnicos y las guaripoleras  tenían un camarín compartido con los hinchas que se concentraban – el baño.

En el Maracaná, todo podía suceder: la grabación de un álbum acústico entre el discípulo de Luis Miguel, Alci Acosta y el Gilguero del Huascarán – se hacían unas ensaladas musicales extremas llegándose incluso duetos entre Tongo y Silvio Rodríguez, hasta se lograba la conciliación racional entre  Vargas Llosa y Benedetti.

Sin embargo, el Maracaná fue el atrio en donde con Calichi compartí anhelos, recuerdos, inspirados por la ansiedad, la sinceridad y un pucho de cigarro. Mi compadre tiene el don de escucharte, entenderte y no juzgarte, es un buen tipo en realidad.

Cinéfilo mil por ciento, en donde el género del terror lo apasiona, quizás este vicio ha quemado un poco sus neuronas en el extremo de que asegura haber tenido experiencias oscuras con los que nos ven de otra dimensión. Entre las memorables, una noche en su cuarto descansando y luego de hablar de lo sobre natural a eso de las dos de la mañana por debajo de la frazada con voz tenue me dijo que sobre su computadora estaba un duende...y en verdad reitero que en ese Maracaná había de todo.

También en el Maracaná había teatro. Otelo de Shakeaspeare, la veías en vivo, en aquellas ocasiones en que Calichi se peleaba con la innombrable, con el enemigo – su flaca de aquel entonces– nombre que omito consignar al imaginarme la mirada de mi madrina y de su actual pareja, de consignar el nombre, ya me lo imagino al chato dando toda una explicación pedagógica en el rubro hasta con regla como cuando trabajaba  en la Trilce. En aquellas ocasiones, solía llegar al Maracaná agarrando su cartera, esa que más parecía la bolsa del doctor chapatín, con la frente fruncida, callado frotándose la naríz. Hacía una entrada dramáticamente emotiva, un “hola primo” a secas, para luego sacarse de apié sus zapatos talla cuarenta y votarlos por debajo de la cama, proseguía contemplar la noche y la calle desde su ventana por un periodo de quince minutos, tiempo en el cual no se hablaba ninguna palabra, luego proseguía el sentarse en el escritorio para sobarse la cabeza agachándola murmurando a solas- un actor en todo el sentido de la palabra. En estas situaciones en las que no le armaba conversación; terminaba por sentarse al lado del tálamo, en donde estaba distraído  leyendo o mirando tele, para con  singular frase decirme “primo!!! Gafa pe es esa mujer carajo”, lo cual siempre me hacía explotar en risa; y es que ese mi Calichi siempre fue mi consejero espiritual pero a la vez mi paciente de sus frustraciones.

A Calichi le he comentado cosas que no he podido comentar ni a mis padres ni a mis hermanos, es un baúl sólido de secretos y representante legal de mi confianza, ante él ha llorado mi corazón, ha renegado mi razón, a pedido un consejo mi conciencia, y mis recuerdos una canción...

Cuando escribo hoy éstas líneas, me hace imposible detallar todas las experiencias vividas con mi compadre, los viajes, la bohemia, la vida misma...¿Qué sería de mi alegría sin mi compadre?...

Él suele ser uno de los más felices cuando algo bueno me sucede, es conjuntamente con mis padres y hermanos, el mejor interlocutor de mis bendiciones...

A pesar de que soy consciente que en algunas ocasiones este carácter reacio que tengo, lo ha hecho sentir mal, a través de una llamada de atención o una frase áspera, sin embargo él siempre ha tenido una réplica de respeto siendo su mejor colofón y señal de su cariño un abrazo y un beso en mi mejilla...

Mi primo Calichi, el primo consentido del consentido de los Díaz, aquella persona que preferiría dejar de comer para que tú comas, aquel que te daría una propina para tu colectivo, aquel que está en contra de lo taurino pero que lo convences con una hamburguesa del makartur o con un caldo de gallina al costado de la PUCP, es quien llena de detalles a Lady Rosa, aquel que llora a tu lado, aquel que hace del cariño una acción, no una palabra...

Si pudiera decirle algo a mi compadre, cantándole una canción le diría “tu eres mi hermano del alma, realmente mi amigo”...