jueves, 30 de octubre de 2014

El llanto del Amazonas

Dado que la imagen sobre la población indígena en esos siglos es el resultado de los imaginarios que se fueron construyendo sobre ella desde inicios de la Conquista y la Colonia, no sería posible abordar esta charla sin ubicar el tema de manera histórica. Lo que quiero demostrar es que si bien los imaginarios sobre los indígenas han cambiado en el transcurso de los siglos, no se trata realmente de un proceso de reemplazo de uno por otro sino más bien de encubrimientos sucesivos en el que un nuevo imaginario lleva camuflando aquel que en apariencia reemplaza.
Se trata de una respuesta a condicionamientos de la época que imponen la necesidad de adecentar las formas sin modificar los contenidos. Pero en realidad es solo un cambio de aspecto que guarda intacta la carga negativa de racismo y desprecio del anterior. Con los ejemplos que daré será fácil entender lo que quiero decir.Me remito a la historia. Sin duda, la etapa de mayores choques interculturales para la población indígena de América se inició con la invasión europea, a fines del siglo XV. Las primeras visiones de Colón sobre la tierra y gente que él veía por primera vez no dejan de ser amables. En carta enviada a Luis de Santangel, escribano de los Reyes Católicos, el 15 de  febrero de 1493, describe emocionado las bondades de sus hallazgos. Refiriéndose a los árboles dice:
"Tengo entendido que jamás pierden las hojas; los vi tan verdes y hermosos como lo están en mayo en España. Estaban floridos y con frutos. Cantaba el ruiseñor y otros pajaritos de mil maneras en pleno mes de noviembre, al menos por allí donde yo andaba. Sobre la gente dice: "Si se les pide algo, jamás dicen que no de cosa alguna que tengan; antes bien convidan a la persona y muestran tanto amor que darían los corazones. Ya sea cosa de valor, ya sea cosa de poco precio, la entregan contentos por cualquier cosita que se les dé a cambio.Se refiere igualmente a su timidez: "en cuanto les veían a los marineros huían enseguida con sus familias; y a su docilidad: Son lo más temerosos que hay en el mundo, de modo que la gente que allá ha quedado habla de sus propios hombres"bastaría para destruir toda aquella tierra; es isla sin peligro de personas si se la sabe regir.
"No obstante, la visión tan amable de comarcas y personas no hace olvidar a Colón cuál es su verdadera misión y por eso, hacia el final de esa carta, reitera...pueden ver sus Altezas que les daré todo el oro que hubiere menester con muy poquita ayuda que puedan darme, todas las especies y el algodón que Sus Majestades mandaren cargar, y resina, de la cual hasta hoy sólo se ha hallado en la isla de Chio en Grecia y de la que el Señor podrá vender cuanta quiera, y linaza y esclavos idólatras, tanto como mandaren cargar.
Para probar sus palabras, Colón señala que de la Española y de otras islas "traigo conmigo a indios como testimonio"En esa misma carta Colón alude a otra isla, donde los indios son muy distintos. Dice: "está...poblada de gente que en las demás islas tienen por muy feroz y comedora de carne humana [...] recorren todas las islas de Indias, robando y tomando cuanto pueden. [...] Son feroces al lado de estos otros pueblos tan cobardes, pero no les temo más que a éstos.
Este documento de los albores de la Conquista sintetiza el origen de dos de los grandes mitos (en sentido profano del término: ilusión, fantasía) referidos a los pueblos indígenas: el buen salvaje y el mal salvaje. El primero lo continuarán diversos pensadores, como Thomas Moore, Montaigne, Voltaire y Rousseau, por citar los más notables. La autoría del segundo, salvo Sepúlveda durante el siglo XVI y algún otro posterior, podríamos calificarla de difusa y, en todo caso, de menos teórica y mucho más práctica, y ha estado sustentada en el poder y no en especulaciones. No obstante, también hay un tercer mito, íntimamente ligado a este último, que se refiere al papel de Occidente como civilizador y salvador de pueblos declarados habitantes de las tinieblas para conducirlos, según expresión de la época, por la senda de la razón y la fe.
Sobre la base de este armazón ideológico se montarán las relaciones posteriores entre lo que podemos llamar el mundo occidental ylos pueblos indígenas. Los imaginarios son construcciones ideológicas que se usan como herramientas poderosas para dominar al otro. La historia demuestra que ningún poderoso esgrime el poder como razón para imponerse sobre los demás. Nadie dice te domino porque sí, porque soy más fuerte, porque necesito explotarte para hacerme rico, porque soy superior a ti y por eso no tengo que explicarte nada.
Para justificar comportamientos de este tipo ante los demás y ante uno mismo hay que darles una dimensión moral que puede resumirse así: hago lo que hago por tu bien, y ese bien puede a veces llamarse salvación eterna y otras, civilización. Ejemplos cercanos en el tiempo ilustran esta actitud, ya sea que se trate, unas veces, de defender la pureza de la raza, otras, al mundo occidental contra armas de destrucción masiva y así, sucesivamente: la revolución, la libertad, la fe o el bienestar general. El imaginario del mal salvaje al que aludí al referirme a Colón fue llevado al extremo cuando, en los albores de la invasión a América, los conquistadores argumentaron que la imposición de la fuerza se justificaba por el carácter no-humano de sus pobladores. Por eso los trataron como animales. Los atropellos fueron tan bárbaros que el Papa Paulo III debió expedir una bula en 1531, declarando que los indios eran seres humanos y no bestias. Admitidos como personas, la nueva justificación para dominarlos fue considerarlos infieles, idólatras, y de este modo se montó la empresa evangelizadora que impuso el modelo de las reducciones, es decir, de la reubicación de los indígenas en centros misionales para, al tiempo de impartirle la doctrina, aprovecharlos como mano de obra en beneficios de encomenderos y de los propios misioneros.
El siglo XIX trajo consigo el desarrollo del positivismo, así como la definitiva secularización del conocimiento y, en general, de la sociedad. El traslado al campo social de la teoría de la evolución de las especies, hecho por Federico Engels en El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, le dio peso científico a los argumentos sobre la inferioridad de los indígenas que fueron colocados en el extremo opuesto de la sociedad civilizada. En ese momento, el salvaje era humano y no importaba ya que fuese infiel, pero sí que no fuese civilizado. Empresarios caucheros y otros asumieron los postulados de Engels sin importarles que ellos provenían del coautor, junto con Carlos Marx, del Manifiesto Comunista.Total qué importaba si el argumento era útil para sus fines. El papel de occidente era civilizarlo, ya no a través de la religión dada su creciente laicidad, sino del trabajo, del orden y del provecho. Se acuñaban así los gérmenes delabarbarie que cristalizaría más tarde: correrías, matanzas, torturas, rifas de muchachas y hasta asesinatos por diversión, como los que relatan los escritos sobre la época del caucho e incluso algunos mucho más recientes, de hace tan sólo 20 años "En el siglo XIX, el Perú se independiza del poder colonial.
La nueva república busca ocupar su territorio, en especial la Amazonía región considerada por sucesivos gobernantes muy rica y deshabitada. El argumento de que se trata de una región sin gente nos retrotrae al primer imaginario formulado luego de la Conquista: los indígenas como no-humanos. Se niega su existencia por el hecho de no ser considerados gente. No se los califica de animales por un pudor hipócrita que impide hacer una declaración de este tipo en pleno siglo XIX: solo se niega su existencia como gente. En ese momento fue necesario presentar la nueva empresa como un esfuerzo de humanizar seres que viven en las tinieblas. La idea de la salvación, ya no cristiana sino civilizadora, vuelve al primer plano. ES La primera estrategia republicana referida a la Amazonía fue colonizar el espacio, habitarlo, y para hacerlo, qué mejor que traer población europea. Durante más de 30 años los gobiernos hicieron esfuerzos para traer inmigrantes blancos de Europa.
Al desatarse el auge del caucho que se prolongó entre fines del siglo XIX y mediados de la segunda década del XX, la población indígena amazónica sufrió los horrores que han sido descritos en libros e informes como los de los jueces peruanos Carlos Valcárcel y Rómulo Paredes que vieron el juicio contra los caucheros; y el del cónsul británico Roger Casement, encargado por su gobierno de investigar a la empresa cauchera registrada en Gran Bretaña, pero cuyo gerente y principal accionista era Julio César Arana. Para justificar sus acciones, él y sus defensores arguyeron que los indígenas eran salvajes, seres traicioneros y malvados que además se comían entre ellos y hacían lo propio con quien se ponía por delante. Es probable que más de uno de los capataces caucheros se haya creído esta mentira y haya predispuesto su ánimo para tratar con agresividad a los indígenas, anteponiéndose con violencia a cualquier supuesto intento de ataque de su parte.
Al mismo tiempo, justificaron el terror que impusieron como una estrategia de defensa y de afirmación del rol civilizador que cumplían. Los crímenes y arbitrariedades de todo tipo cometidas contra los indígenas no eran para los caucheros otra cosa que el cumplimiento de la pesada responsabilidad de civilizarlos, de sacarlos de las tinieblas de la ignorancia y de la mentira para conducirlos por las sendas del bien. Esta visión civilizadora impregna los textos de los caucheros y sus defensores. La desacreditación de los indígenas llegó al punto de negarles capacidad para denunciar atropellos cometidos contra ellos mismos. De acuerdo a los caucheros, su condición de indígenas los inhabilitaba para declarar como testigos o incluso como víctimas de la barbarie que sufrían. Pablo Zumaeta, cuñado de Arana y directivo de su empresa, declara: "Esto es obvio: los indios, que se encuentran en estado de transición de la vida salvaje a la civilizada, no pueden ni deben considerarse capaces, por no tener ni la más ligera noción de lo que es la ley y de lo que constituye el derecho, y, en consecuencia, de lo que es punible o no, como de lo que sea o no lícito, aparte de que, sus condiciones de absoluta ignorancia y de anonadamiento ante el blanco y el civilizado, los ponen en situación de que casi ni se dan cuenta de su personalidad, pues para ello es indispensable, previamente, instruirlos, a efecto de que tengan conciencia de sí mismos y puedan valorizar las ventajas de la civilización.
Los textos del cónsul peruano Carlos Rey de Castro, defensor de Julio César Arana, están colmados de referencias acerca del canibalismo de los indígenas de la zona del Putumayo. Aunque en menor medida, también el propio Arana, su cuñado Pablo Zumaeta y Carlos Larrabure y Correa, jurista peruano que defendió en sus escritos a Arana, aluden al tema. La imagen que trasmiten es de gente que se come entre sí cotidianamente para alimentarse. Es una especie de argumento estrella para justificar como tarea ineludible lo que califican como el rol civilizador de la empresa cauchera. La energía invertida por una sociedad para dominar a otra ha marchado paralela a la de denigrarla, porque sólo así puede justificarse y convertir sus atropellos en actos salvadores. El indígena, al que los dominadores le negaron todo atributo positivo (según ellos eran brutos, ignorantes, crueles, sucios, vagos, desenfrenados, estúpidos y traicioneros, en una palabra, salvajes), sólo podía ser redimido por la acción benéfica encarnada por el cauchero. Se trata de un mecanismo antiguo y recurrente que por cierto no fue inventado por Arana y su gente.
Al carácter práctico de esta construcción ideológica se refiere el antropólogo Wade cuando dice que: Los indios podían ser esclavizados si ellos eran calificados como caníbales, lo que en dicho contexto significó e implicó simplemente quienes ofrecieron resistencia contra los españoles(citado en Gómez, 2001: 204). El antropólogo e historiador colombiano Augusto Gómez (Ibíd.: 205) hace una observación similar cuando dice que, a pesar que en el siglo XVIII los pueblos indígenas del medio y bajo Putumayo y Caquetá eran poco conocidos o desconocidos en absoluto, se afirmaba e incluso describía minuciosamente su costumbre de comer carne humana. Para cerrar el tema quiero recordar que a lo largo del auge del caucho no hubo ningún caso conocido, y ni siquiera inventado, que diese cuenta de algún cauchero que hubiese sido devorado por los indígenas. Pero la creación de imaginarios continúa. Luego de una ley de consulta previa que ha recortado los estándares fijados para este procedimiento en el Convenio 169, al confrontarse el Estado con procesos reales de consulta y ver que no podía manipular fácilmente las cosas, el argumento de representantes del gobierno ha sido el de señalar que en realidad en el país ya no existen indígenas, que ahora todos son ciudadanos (no dijeron civilizados por cierto temor, pero es lo que tenían en su cabeza) y que los únicos que califican como tales son los aislados que, dada su condición, no son susceptibles de ser consultados.
El argumento es patético y expone al país al ridículo: ¿Cómo pudo gastar el Estado 20 años o más de vida para trabajar el Convenio 169 en el seno de la OIT y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas cuando ahora afirma que estos no existen? De alguna manera está afirmando que se trata de un trabajo hecho para atender fantasmas. En realidad, lo que está detrás de una afirmación de este tipo es una reinterpretación del imaginario del siglo XIX que calificaba al indígena de salvaje. Hoy, las buenas obras de la sociedad de mercado lo han finalmente civilizado y ya usa reloj, viste ropas como uno, viaja en aviones y se expresa en castellano. Es decir, ese indígena salvaje de dos siglos atrás ha completado su tránsito a la civilización y ya no existe más, y por tanto, no es pertinente que algunos que se reclaman como tales exijan derechos como la consulta previa, libre e informada, el territorio, la educación intercultural bilingüe y otros. "Patética manera de pretender zanjar un tema que compromete una deuda histórica con pueblos que le han dado grandeza al Perú y han dejado huellas de un pasado milenario que se expresa no solo en monumentos arqueológicos sino en centenares de cultivos y algunas especies de animales fauna domesticadas que hoy el país muestra con orgullo ante el mundo.
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- Charla dada por A. Chirif el 3 de octubre pasado, en el marco de la exposición (12/9-12/10): “De su largo llanto se formó el Amazonas. Narrativas no representadas en la historia peruana", curada por Christian Bendayán y GiulianaVidarte, exhibida en el centro cultural Ricardo Palma, de la Municipalidad distrital de Miraflores. El título de la muestra es tomado de un hermoso poema de César Calvo.
- Augusto Gómez, “Raza, ‘salvajismo’, esclavitud y ‘civilización’: fragmentos para una historia del racismo y de la resistencia indígena en la Amazonía”. En Franky, Carlos y Carlos Zárate. Imani Mundo. Estudios en la Amazonía Colombiana. Instituto Amazónico de Investigaciones. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá.
- Fuente IDL