jueves, 27 de octubre de 2016

Patoki

Llévame a la magia del momento de la gloria, donde los niños del mañana soñarán, los cambios que vendrán”, hermosa frase que reina en los “vientos de cambio” de Scorpions, aquel día donde rumbo a Chiclayo me preparaba para dar fin a mi más grande espera: tú. La canción no era emblemática solo por su contenido mismo, lo descrito en ella, además, manifestaba el cambio total que implicaba en mi vida tu nacimiento. 

 Debo decirte, hijo mío, que fui criado en un ceno de amor, he sentido y he vivido rodeado de amor…pero si ese sentimiento lo conocía al ver los ojos de tu madre, a tus abuelos, tus tíos o mi bandera, definitivamente en la fecha en que te vi por primera vez, el amor dejó de ser solo un sentir o hacer, dejo de ser verbo o sustantivo como refiere Arjona, pasó a ser la fe de mis mañanas. 

Ésta fe no solo hace que te ame mi querido patoki, también en cada instante de mi existencia me susurra al oído que hoy estás a mi lado, me dice que me esperas en casa, ahí sujetando tus carritos, esos que tu padre pretende de manera abusiva y arrogante que los colecciones, cuando tú solo quieres jugar con ellos, sobre todo con el rojito, modelo Nissan Terrano del 97´. 

El día de hoy, esa fe, envilecida adicionalmente por la cercanía de tu cumpleaños, me ha asignado, la difícil tarea de describirte. Pero cómo hacerlo?...es difícil para mí describirte, debo aceptar que te pareces tanto a tu viejo, que quizás su ego, sus fantasmas, sus demonios, sus penares, sus anhelos, lo confundan y lo alejen de aquello que desea dejar constancia como lineamiento de su vida y directriz para su identificación contigo; intentando como diría Sábato “Escribir al menos para eternizar algo: un amor, (…), un éxtasis. Acceder a lo absoluto”, pero que en lenguaje sencillo se podría resumir en: hijito de mi alma, mi niño, el dueño de mi corazón, y es que el autor del “túnel” no pudo acertar mejor en decir que “para admirar se necesita grandeza aunque parezca paradójico” y acá el problema es que yo no la tengo, al menos es lo que siento, solo tengo esta fe que me embriaga de tantos sentimientos indescriptibles, pero hermosos para contigo. 

Bajo este esquema, y siéndote consecuente con mi frase “no te rindas ante nada”, trataré de describirte, por más imposible que parezca retratar a la razón de tu vida, para ello haré un enroque sentimental y buscaré ayuda en mis pasiones: el derecho, la música y la poesía. 

Hijo mío, me enamore de la abogacía, cuando tu abuelo me llevó a ver una audiencia en la Corte Superior de Justicia de Chiclayo, tenía 14 años, y si algo entendí en la teoría general de la disciplina cuando cursé la carrera, es que las utopías generan derecho, hoy dan fe de ello los constitucionalistas como el alemán Haberle quien como monumental ejemplo de utopía cita a Luterking cuando este manifestaba “Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad”, en ese 28 de agosto de 1963 en donde se daba tal proclama, tu bisabuelo era peón de chacra, pues creía en la “utopía” de que sus hijos iban a ser patrones. 

Tu eres mi utopía patoki, la que se resume en “sé que llegará el día en que los hombres serán plenamente justos y mi hijo será uno de ellos”, abrazados todos en la masa de Vallejo; eres mi utopía de justicia hijo mío y lucharé hasta mi último aliento para que esa utopía deje de serlo, empezaré por darte el ejemplo, que será mi único modo de amarte, porque a través de él quiero que seas el hombre que me hubiera gustado ser, como me dijo mi amigo Carlos Manuel Ureta Solis, “de ti depende ello”, yo le creo.

Y no hay duda en mí de sentirte ya un hombre digno hijo, eres digno de mi nombre, no solo porque eres mi primogénito, sino porque además de ser mi gran amor, fue a pedido de tu madre que lo llevas y fue porque tu abuelo me dio mi nombre en honor a mi abuelo materno y al padre de nuestro señor Jesús, de esto último me enteré el día de mi boda. 

Eres un hombrecito digno de un cuento al cual yo le pondría “Patoki y la luna”, pues jamás olvidaré cómo de niño desde aquella azotea miraflorina contemplas la luna cargado por mis brazos, hipnotizado por su belleza y por los besos de mamá o cuando la persigues desde aquel parque pretendiendo desde hoy correr más rápido que tu viejo, estoy seguro que tú la alcanzaras si te lo propones. 

Por otro lado, la música no es ajena a tu viejo y como un regalo de Dios tampoco a ti. Por ello resulta una felicidad plena verte bailar con tu madre al son de mi guitarra destilando aquella sonrisa que no solo cautiva a tus padres, amigos y familiares, sino cautiva a toda persona a quien la brindas con ese don de niño tierno que tienes. 

Hoy tu gusto por la música te ha hecho exigirnos una guitarrita pequeña, estoy seguro que serás una excelente primera guitarra y lo más bonito de todo, es que yo no te he exigido nada de ello, por el contrario tu solito buscas hoy que tu aprender sea el más bonito de los juegos. 

En ese sentido, el mar musical me podría dar infinidad de letras para describirte y expresarte lo que siento por ti; de todo ese bagaje me permito al son de Silvio Rodríguez decirte: “(…) y cómo pasa el tiempo que de pronto son años, sin pasar tú por mí, (…), Te doy una canción si abro una puerta y de las sombras sales tú, te doy una canción de madrugada cuando más quiero tu luz, te doy una canción cuando apareces el misterio del amor y si no apareces no me importa yo te doy una canción. (…) Te doy una canción y hago un discurso sobre mi derecho a hablar, te doy una canción con mis dos manos con las mismas de matar, te doy una canción y digo patria y sigo hablando para ti, te doy una canción como un disparo como un libro una palabra una guerrilla...como doy el amor”

Para cerrar, estas líneas en tu honor y a modo de que siempre haya un ¡felíz 31 de octubre! en tu vida, cito a Walth Whitman diciéndote “Qué soy, después de todo, más que un niño complacido con el sonido de mi propio nombre? Lo repito una y otra vez, me aparto para oírlo -y jamás me canso de escucharlo”, si tu nombre es mi nombre mi querido Juan José Diego, mi querido patoki…